Por Rocío Barragán 

A veces Anaís sentía la Vida inmensa. Mirarla era de una belleza increada, que le provocaba vértigo. Fuerte era la belleza, fuerte era su canción cuando la escuchaba y, al escucharla, ella sentía estar elevándose entera y clara, hacia un nuevo lenguaje interno más liviano. 

La presintió por primera vez a los siete años. Fue en unos días lluviosos y oscuros, cuando siendo una familia de doce hermanos no habían podido salir al jardín, como lo hacían usualmente después de terminar las tareas del colegio. Sus padres, temerosos y ausentes, hacían los últimos preparativos para su viaje a Madrid, donde vivirían una larga temporada exiliados.  Los niños no lo sabían. Todos en la casa discutían y estaban enojados sin saber por qué. 

Anaís, al ser la séptima hermana y la de en medio, no sentía encajar ese día ni con los pequeños ni con los grandes. Se sentía inquieta y extraña, y ya no soportaba más esa larga discusión para llegar al acuerdo de quién había ganado en los juegos… Así que decidió escabullirse. Con temblorosas piernas subió sin ser notada por sus hermanos, escaleras arriba, hacía la imagen de la Inmaculada Concepción de Murillo. Había visto la película de Marcelino pan y vino, donde el protagonista, un niño pequeño, hablaba con una escultura de Cristo y él, el mismísimo Cristo, le contestaba. Anaís, cuando estaba triste subía a hablar con el retrato de la virgen, y en su imaginación de niña, ella la escuchaba.  

Anaís sabía que la virgen era su madre del cielo, lo había leído en un libro que guardaba bajo la almohada en su cama. Siguió avanzando, enfrentando en estoico silencio la oscuridad de las primeras escalas, las caídas, el miedo, y al mismo tiempo presintiendo la alegría del ascenso hacía la parte superior de la casa. De repente, sintió estar en un vaivén hacía arriba y hacía abajo entre serpientes y escaleras. En el juego de la oca que le habían enseñado sus amigos del alma. Sonrió complacida al recordar. Ése juego si le gustaba.  

Paso a paso, sin seguridad, pero con destino, avanzó sobre las teclas, y llegó hasta el piso superior de la casa. Ahí estaba, justo frente a ella, el cuadro profético y grande, en la pared del pasillo: La Inmaculada Concepción, de Murillo. La mujer vestida de sol, la naturaleza, coronada de estrellas mirando hacia el cielo, ascendía en un movimiento espiral y blanquiazul oscilando entre nubes, telas de seda y ángeles. Anaís cerro los ojos y en el silencio, ambas conversaban, liberándola de melancolías antiguas, huracanes, entre flores y bálsamos frescos, en un torbellino de lágrimas. Las catedrales con sus laberintos, sus rosetones, las gárgolas, la ascensión   de la Virgen María  a los cielos en una sinfonía armónica y unos símbolos que bien sabía Anaís, con el tiempo habría que descifrar, en el misterio de la belleza revelándose en su cuerpo de carne.  

Y así fue como Anaís el día menos esperado, le abrió la puerta al dolor, y el dolor salió volando y se transformó en agua de estrellas, siempre vivas, apasionadas.     

Rocío Barragán. Septiembre 2024. 

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