María Fernanda Rodríguez

La casualidad nos ha puesto a dialogar frente al jardín, aunque ninguno de los dos somos personas que se consideren conversadores. Poco a poco las frases cortas que intercambiamos van formando algo parecido a una pradera amplísima de la que observo con quietud la falta de árboles, mientras él parece estar seguro de que, bajo este piso de palabras, encontrara consuelo.

Lo escucho. Me habla de la abuela. Me dice que era divertida, cariñosa, que le gustaban mucho los animales, especialmente los gatos, que por eso él ahora tiene gatos. Yo sonrío porque parece una conversación más de las que había escuchado de ella y sus gatos. Me dice que en la casa había ratones y que él se lanzaba sobre ellos para atraparlos, mientras la abuela reía a carcajadas; lo dice y estira los brazos haciendo el ademan de lanzarse sobre algo, y en su rostro yo imagino las carcajadas de la abuela por las travesuras de su nieto. Me cuenta que le preparaba ponche en su cumpleaños, y que le aconsejaba cuando lo veía triste. «La abuela es ahora mi ángel», me dice y de repente, en medio del relato, alcanzo a descubrir un brillo que intenta brotar de sus ojos.

Yo, me sorprendo de encontrar un afecto así, detrás de un hombre de motocicletas, de casacas y botas de cuero, de gafas oscuras y de cabello engominado. Me sorprendo de descubrir su lado emocional. No sabía de la conexión tan cercana con la abuela, y mientras esto sucede, no sé quién soy. 

La abuela murió cuando yo tenía siete años y él diecisiete. «Claro», pienso «se tiene que acordar de todo». Entonces me doy cuenta de que sé muchas cosas de la abuela así, por conversaciones casuales, por intuición, por pura organizada que es mi memoria que ha retenido las anécdotas de ratones, gatos y risas. Sé que él debe estar viendo las imágenes de sus recuerdos mientras habla, algo que yo no puedo. Busco en mi memoria y solo encuentro unas cuantas fotografías gastadas, un rosario color caoba metido en una cajita perfumada y una vitrina llena de miniaturas; ¿Eso es la abuela para mí? ¿El recuerdo de unas cosas y nada más? El ponche que dicen preparaba en los cumpleaños, las caricias, los consejos, el color de su risa, eso y todo lo demás flota en el aire, como viento sobre estas praderas.

Él, vuelve su mirada hacia mí y me pregunta si me acuerdo de ella. Yo no sé qué responder. Busco por dentro, como si corriera perdida por una vastedad, como si huyera de la pregunta o más bien de la respuesta. Un silencio enorme se extiende antes de la negativa. «Prácticamente no la conocí. Yo tenía 7», le digo. Él, me mira y me toca el hombro en un gesto parecido a una caricia. «Eres la más parecida a ella: tu pelo, tus ojos, tu risa», me dice y con eso confirmo que no sé quién soy mientras esto sucede, ¿Una extraña? Envidio cada gato, cada ratón, cada abrazo, cada palabra que él sí tuvo con ella. Me quedo callada pensando en los ojos de la abuela que son mis ojos. Me doy cuenta de que noviembre se aproxima y me pregunto ¿Cómo se hace para que alguien, a quien no recuerdas, se convierta en tu ángel?  La abuela no está ni va a volver y yo sigo sin saber quién soy mientras esto sucede.

Fotografía de David Marcu

Este texto nace en el seno de la comunidad Trithemius Talleres Literarios, en uns entrañable sesión de Biográficas. Agradecemos a la autora, María Fernanda Rodríguez que nos permitiera publicarlo por este medio para compartirlo con el mundo.

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