Hay conceptos que se vuelven lugares habitados, estancias en las que debemos detenernos un instante. Uno de estos lugares fundamentales es el estanque, espacio de vida y muerte, zona fangosa que nos llama, su fondo oscuro y confuso resulta atractivo a la vez que genera una especie de repulsión, un miedo a dejarse caer porque no sabemos cómo salir de su espesura.
En el estanque nuestros músculos se tensan, la respiración asfixia, estamos ante la presencia de todas las angustias. Estar estancado significa estar detenidos, estáticos, como si la vida afuera siguiera mientras nosotros permanecemos atorados. Y pensamos que en este espacio oscuro todo se queda para morir, pensamos que ahí la luz difícilmente entra y eso puede generar un estado de oscuridad perpetua. Por eso tememos al “estanque”, por eso su presencia nos genera angustia, porque la palabra se sumerge en él y se confunde con las demás palabras que han caído ahí a lo largo del tiempo.
El estanque ha estado ahí pareciera que, por siempre. Su composición es mítica, tanto que parece contener al tiempo y lo suprime, hace que las cosas leviten en su interior esperando a que todo se acabe. Parece ser eterno, sin inicio ni final. Por eso decimos que es fundamento, punto de partida. No es el lugar al que las cosas llegan a morir, sino el lugar del cual las cosas surgen después de haber caído al fondo de sí mismas.
En la literatura los estanques han sido fundamentales para la consolidación del héroe, para encontrar el destino, o para encontrarse a uno mismo. Narciso se descubrió hermoso en el reflejo oscuro de un estanque, las almas debían pasar por un estanque a fin de llegar al lugar del descanso eterno, el héroe griego debió sumergirse en las profundidades del estanque del inframundo para recuperar a su amada. Aquiles debió ser bañado en las aguas del Estigia, una especie de ciénaga (terreno pantanoso) para ser inmortal y así cumplir su destino. El estanque es fuente de vida eterna.
El estanque es fundamento.
Estar estancado ha sido sinónimo de perdición, quien se estanca está acabado, le hemos transferido una connotación peyorativa, restamos el valor de su función social, al grado que en la civilización actual los estanques han desaparecido, han sido cubiertos con arena y asfalto, sin embargo su interior acuoso sigue vivo, las estructuras construidas sobre estanques se hunden irremediablemente, es la vida eterna del estanque la que habla y reclama su lugar en el mundo. Vivir estancados es encontrarse en un estado permanente de gestación, es saber que la vida dentro, la que pretende nacer, es tan inmensa que su alumbramiento es difícil de concebir. No estamos listos para el descubrimiento, el hado pesa más que la vida. Hemos de aprender a vivir el estanque, debemos reconocer sus formas y sus leyes. Dentro de él las palabras no van a mil bytes por segundo, en su interior las cosas se mezclan y se revuelven lentamente, nos permiten contemplarlas para poder entender sus dimensiones. La palabra en el estanque pierde su significación social, se aleja de la realidad para ponernos frente a su significación mágica, mística y mítica, la palabra se vuelve símbolo y universo.
Vivir el estanque significa vivir el verdadero valor de la palabra, no aquel signico que proviene de la razón, éste lo único que pretende es adueñarse de la palabra. No, el verdadero valor de la palabra se encuentra en su símbolo, en la emoción que alberga y la alberga. Para entender la palabra no debemos pensarla sino sentirla, entenderla como carne y probar su sabor, saber su forma significa saber a qué sabe la palabra.
La cultura popular a través del refrán y el doble sentido.
Por Vania Coria Libenson*
Nada protege tanto y tan bien a un mexicano como nuestra Virgen de Guadalupe, la bendita ignorancia y el peculiar sentido del humor.
Como México no hay dos. Somos un pueblo rico en ideas y recursos naturales. Generoso y solidario ante las tragedias, pero bueno para dar pretextos y salirse con la suya.
Los mexicanos, para librarla, nos pintamos solos. Hemos sobrevivido impensables caos gracias a lo fácil que nos sabemos adaptar… o conformar y a lo dispuestos que estamos para reírnos de nosotros mismos y hasta de la misma muerte. Nada se nos atora.
Si nos azota el huracán, sacamos el inflable y las chelas. Si la crisis nos arranca el pan de la boca, nos ponemos a dieta. Y si un virus nos encierra a piedra y lodo, hacemos de la piedra un muro para el pizarrón de clases y, con el lodo, guerritas en traje de baño.
¡Ah, que dicha es ser mexicano! Aquí no se va al baño, aquí se hace del uno y del dos. Las mujeres no tienen períodos menstruales, navegan con bandera comunista, y lo mejor es que pa’ pendejo no se estudia.
Estamos dotados de una única y mágica manera de hablar sin explicitar, sin comprometernos demasiado, pero no dejando cabos sueltos, ni duda alguna.
Aquí en México, “en casa del jabonero, el que no cae, resbala”, “nadie experimenta en cabeza ajena” y nos queda claro que “más sabe el diablo por viejo, que por diablo”. Sí, “al buen entendedor, pocas palabras”.
Estamos conscientes y sin pena admitimos que “al nopal sólo se le arriman cuando tiene tunas”, porque “el que nace pa’ tamal, del cielo le caen hojas”. Sabemos que lo ideal sería ir “caminando y miando, pa’ no hacer charco”, porque no se puede “chiflar y comer pinole”, aunque “el que es perico, donde quiera es verde”.
La picardía mexicana es rica en metáforas, albures, chistes, alusiones sexuales, sociales y políticas. La hay para todas las edades: en dichos, refranes y moralejas. Fluye en el fresa de Polanco y en el ñero de Santa María la Ribera.
En esta casa donde vivimos todos, la picardía es un lenguaje claro, divertido, que nos une e identifica. Y sí, también nos salva. Nos aligera la carga diaria.
Así que, “a ver a un velorio y a divertirse a un fandango”. ¡Feliz mes patrio, orgullosos hijos del nopal, del buen chile y de la mujer de a de veras! ¡Que viva México, cabrones!
¿Qué es hoy en día el nacionalismo? No sólo es comprar los productos mexicanos, es reconocer las diferencias que hoy por hoy nos marcan y distinguen.
Por Graciela Soto Martínez*
¡Celebro mi patria! ¡Celebro la vida! Celebro que con el México independiente inició el camino de los que vendríamos después.
Celebro la existencia de este país que, con y sin nosotros, se pone de pie cada mañana, aunque desfallezca al atardecer porque no puede más.
La patria, la casa de todos. En la que se piensa y siente diferente. Con su gente que da la mano para rescatarte de escombros en un sismo, aunque también exista la del ladrón que invade tu casa y se lleva tus pertenencias. Es la nación hecha de claroscuros: de soles brillantes, mares azules, altas montañas, pero también la de mujeres violentadas, desaparecidos, trasiego de droga, oscuros poderes, calabozos y noches en prisiones.
Dolor y contradicción es mi patria.
Esta es la patria y nación de los que huyen de su destino y buscan en el norte una vida distinta. Y allá, lejos, atesorarán el recuerdo, evocarán con amor a su país, y anhelarán el día del regreso.
Esta patria es también de los que escriben, en periódicos, cuadernos, redes sociales o libros, esas planas completas o párrafos acerca del México que es y el que debería ser. Cada línea es una expresión que grita y dice algo. México es la patria desgarrada, y la que se teje desde el campo cultivando alimentos, desde la fábrica y la industria, desde la escuela y el hogar, desde la oficina y el comercio. La tejen las manos de los que trabajan y de los que consumen.
Es la patria que alberga corruptos que se sirvieron del poder para hacer su empresa privada para los ilícitos y, también, la que con honestidad lucha por formar una cultura distinta.
Es la patria en constante aprendizaje, la que parece no terminar de construirse, la que en estos tiempos intenta redefinir su nacionalismo.
Nacionalismo, ¿qué es hoy en día el nacionalismo? No es pelear o denostar a los otros, a esos que obran mal, es demostrar con los hechos que este país importa.
Nacionalismo y patria son también el México de los 72 mil 179 muertos por el COVID-19 (y subiendo); el de los que quedan vivos para atestiguar el paso de una pandemia que se niega a irse, que cobra víctimas entre los ancianos del pueblo; el de los médicos que luchan por la vida sin las armas suficientes y aguantando a quienes piensan que en los hospitales matan a las personas.
Nacionalismo no sólo es comprar los productos mexicanos, es reconocer las diferencias que hoy por hoy nos marcan y distinguen. Es la identidad en un país donde abunda la diversidad de ideas, personas, sentimientos y pensamientos que inspiran a la aceptación de lo que hoy somos como parte de nuestras historias.
En él caben los nativos y los que nos conquistaron para luego quedarse. Caben franceses, italianos, alemanes, chinos, coreanos, estadounidenses, sudamericanos, árabes… El mestizaje no terminó en la Colonia, continúa para convertirnos en ciudadanos del mundo con sangre mexicana.
En los personajes del autor de “El hobbit” y “El señor de los anillos” vemos reflejadas muchas actitudes humanas.
Yolanda Ramírez Michel
“Ancho, alto y profundo es el reino de los cuentos de hadas y lleno todo él de cosas diversas: hay allí toda suerte de bestias y pájaros; mares sin riberas e incontables estrellas; belleza que embelesa y un peligro siempre presente; la alegría, lo mismo que la tristeza, son afiladas como espadas”.
He querido adueñarme de unas palabras del mismo Tolkien y utilizo esta cita, pues las obras por las que es mayormente conocido se encuentran catalogadas en el género de alta fantasía o literatura para niños y jóvenes, tal es el caso de “El hobbit” y “El señor de los anillos”.
Por ello, antes de entrar de lleno al autor debo asentar algo sobre el género en el cual está inscrito: se puede entrar a la literatura por muchos umbrales, pero el de la fantasía o la literatura catalogada para jóvenes o niños ha sido desprestigiado por algunos intelectuales, así que es necesario, primero, devolver al género su estatus de gran potencia creadora, presente a lo largo de toda la historia de la literatura universal.
Me basta con señalar algunos de nuestros gigantes literarios y reflexionar sobre su relación con la fantasía y el mito: ¿No utilizó Goethe la leyenda del Fausto; Shakespeare, las hadas; James Joyce, la mitología; Cervantes, los libros de caballería (aunque muchos insistan a la ligera en señalar que su deseo fue criticarlos)? ¿No describió Dante geografías para la imaginación?
Para los que no están muy familiarizados con Tolkien, debo explicar que imaginó y desarrolló, con todo lujo de detalles, geografías exclusivas para su mundo de ficción; mapas y coordenadas exactas para situar los territorios donde viven aventuras sus personajes, montañas, lagos, acantilados, hundidos reinos… Cuando he conversado sobre el tema con algunos de sus más fieles lectores, son capaces de señalar en el mapa cada una de las locaciones en las cuales se desarrollan los hechos.
Para Tolkien, la magia no es otra cosa sino la creatividad. Con esta cualidad se pueden realizar grandes hazañas, por eso es que el pequeño Pulgarcito vence al ogro, porque ha sabido usar su magia interior, la creatividad, esa capacidad de trasformar una realidad abrumadora en un recurso para crecer. Porque Pulgarcito al final de la historia resuelve la situación financiera de su pobre padre y es reconocido por sus hermanos como el más grande de todos, grandeza que no tiene nada que ver con la estatura. Esa es la verdadera magia para Tolkien, la magia interior, y es que las verdades íntimas no se pueden expresar tan fácilmente, requieren de símbolos, porque son verdades interiores, y se manejan con elementos muy distintos a los que la realidad exterior presenta. Sin embargo, el que la fantasía parezca, sólo parezca, estar desconectada de la realidad, es una falacia, la fantasía es uno de los formatos de un escenario que vincula el exterior y el interior humano.
Salvado este primer deber ante la fantasía, me dispongo a seleccionar algunos de mis asombros. Advertencia: estamos en presencia de un autor de dimensiones tan tremendas que un artículo no me bastará para exponerlo en su totalidad, por ello me limitaré a compartir los asombros y a contares sobre cómo es que llegué a él.
Soy maestra de Mitología, y varios de mis temas preferidos son coincidentemente las obras que lo inspiraron a desarrollar su legendarium, nombre que el mismo Tolkien le ha dado a una parte fundamental de la colección de escritos que conforman su obra.
La canción de los niblungos, o Nibelungenlied, ha sido siempre uno de los grandes temas dentro del curso de Mitología y ha ocasionado entusiasmos extremos entre los alumnos, desembocando en su definitivo maridaje con las leyendas épicas y la fantasía. Pero lo curioso es que siempre que impartí la sesión de La canción de los nibelungos hablaba tangencialmente de Tolkien pues él confirmó varias veces que usó muchos de los elementos presentes en Nibelungenlied, así como en las Eddas, el Kalevala, Beoulf, las narraciones sobre el Rey Arturo, y por supuesto la gran herencia mítica del pueblo hebreo.
Sin embargo, en dichas sesiones no podía ahondar sobre el mismo Tolkien, siendo éste un representante contemporáneo de la herencia mítica universal, así que ahora haré un recuento de mis asombros.
Ronald disfrutaba dibujando paisajes y árboles, pero sus lecciones favoritas eran aquellas relacionadas con los idiomas; su madre comenzó a enseñarle las bases del latín a muy temprana edad, al igual que despertó en su hijo el placer de observar y admirar las plantas… actitud que luego se reflejaría en ese mundo mítico en el cual la naturaleza es la primera voz del mundo.
El pequeño comenzó a leer a los cuatro años, y escribir de forma fluida poco después. Como resultado de estas aficiones se entretenía inventando sus propios idiomas, como el «animálico» creado de forma compartida con una prima suya; el «nevbosh» («nuevo disparate»); o el «naffarin», basado en el español. Mabel, la madre de Tolkien
Cuando Ronald comenzaba a andar, fue picado por una tarántula en el jardín de su casa, un evento que tendría paralelos en sus historias. Todo aquello que a temprana edad se registra en el inconsciente, aparece luego en forma de gran monumento y así es como Ungoliant es un personaje oscuro, hambrienta devoradora de luz, tejedora de tinieblas en el universo tolkiano, secuaz de Morgoth, personificación del mal. Es la responsable de la muerte de los dos árboles, el Telperion y el Laurelin de Valinor (valinor podría ser visto como el equivalente al paraíso). Estos dos árboles son una de las causas originales, de la caída de los elfos, pues uno de ellos, Feanor (digamos que es uno de los patriarcas), era un experto orfebre, y guardó la luz de los árboles en tres joyas (los silmarils). La ambición por estas joyas llevarían a la perdición a los habitantes de la tierra media… Y tal vez, así como el fruto de otro árbol mítico llevó al exilio a los hombres, así, [la notable influencia de la conversión de su madre al catolicismo, comenzó a sembrar en el imaginario de Tolkien, desde niño, las semillas de un gran corpus literario que ahora admiran muchos de sus seguidores.
Nuestro autor, sin embargo, padeció muy joven la muerte de su padre (y posteriormente, también a muy temprana edad, la de su madre). Su padre permanecía en Sudáfrica, a cargo de la venta de diamantes y otras piedras preciosas para el Banco de Inglaterra, y quién sabe cuánto de esto no alimentó en la imaginación de nuestro autor los elementos para desarrollar las oscuras minas donde se gestaron los orcos de sus obras o los enanos fabricantes de joyas.
Muy joven, a los dieciséis años, conoció a Mary, la que fue el amor de su vida, con la que se casó y formó una familia. Evidencias de este impacto emocional en la vida de Tolkien son los personajes Beren y Luthien, protagonistas de la más intensa y extensa historia de amor dentro de su obra. En su lápida están escritos el nombre de Tolkien y el de su mujer, vinculados por supuesto al de los nombres de la fantasía donde continuaron su historia de amor.
ASOMBRO 2 LA FILOLOGÍA SIGNÓ SU VIDA
Tolkien, como académico de Oxford, reconocido medievalista, filólogo y lingüista, fue llamado por el servicio secreto para desentrañar los misterios de las máquinas Enigma; tal era su capacidad como lingüista. No se sabe bien a bien si finalmente fue uno de los que participó en el grupo que desentrañaron el sistema criptográfico, lo que sí se sabe es que pertenecía a los cincuenta catedráticos que fueron recomendados por las mejores universidades de Londres para apoyar al sistema de defensa que se enfrentaba entonces con una máquina muy poderosa, la Enigma.
Los idiomas llegaron a ser parte fundamental de su creación artística, y a partir de este interés profesional, Tolkien desarrolló su ficción. Pensaba que las lenguas artificiales que se habían diseñado hasta entonces, no habían logrado afianzarse debido a que no contaban con un origen real, es decir, que había que dotar a las lenguas de una herencia para que cada palabra tuviera verdadera vida. De esta intensión fundamental surge un monumental corpus de lenguas que Tolkien desarrolló dentro del mundo fantástico que creaba al escribirlo. Así, motivos estéticos, artísticos y lúdicos se conjugaron para una monumental fantasía lingüística: quince diferentes lenguas aparecen en el legendarium de Tolkien, cada una acorde a sus hablantes. La lengua de los elfos era musical; la de los enanos, ruda; la de los hombres, una mezcla, y la de Melkor, un tenebroso reverberar de sílabas oscuras.
Una lengua construida, también llamada idioma artificial, ideolengua o conlang, es un idioma que ha sido total o parcialmente construido, planeado o diseñado por seres humanos a partir del estudio de las lenguas naturales.
Algunas de las lenguas del universo tolkiano fueron desarrolladas por el autor en todos sus aspectos, al grado que tenemos cantos completos en quenya o sindarin, principales lenguas de los elfos.
Tolkien pensaba que una palabra es más que una palabra; pensaba que había vida en ella, herencias arcaicas que dotaban a la palabra de espíritu, estaba enamorado del lenguaje, y ¿qué puede producir un espíritu así sino un séquito de admiradores de su talento? Y por supuesto otro tanto de envidiosos de su genio.
El quenya es, junto con el sindarin, el idioma más difundido y estudiado de las más de quince ideolenguas que, con distintos grados de detalle, fueron inventadas por J. R. R. Tolkien y usadas en su legendarium. El corpus de textos que constituyen las fuentes de conocimiento actual sobre el quenya incluye el poema «Namárië», conocido como «El lamento de Galadriel», el texto original más extenso en esta lengua, extraído de la obra capital de Tolkien: “El señor de los anillos”.
Sabemos de la existencia del quenya al menos desde la Primera Guerra Mundial, cuando Tolkien tenía poco más de veinte años. La lengua fue desarrollada a lo largo de toda la vida del escritor, alcanzando la etapa que algunos estudiosos llaman «madura» a partir de la redacción de “El señor de los anillos.
Tolkien quiso dar una apariencia de lengua clásica al quenya, de manera que trató de que tuviera una semejanza visual con el latín. Todas estas influencias no fueron en ningún modo directas; no generaron vocabulario, por ejemplo. Más bien se trata de una inspiración estética muy fuerte en Tolkien, «fonoestética», según el propio autor.
Dentro de los usos y costumbres de los personajes vemos reflejadas muchas actitudes humanas; los enanos, por ejemplo, no deseaban que nadie conociera su lengua, así era más fácil guardar sus secretos… además preferían aprender las lenguas de otros por motivos meramente comerciales.
TERCER ASOMBRO EL DESARROLLO DE SUS OBRAS
Tolkien nunca esperó que sus historias sobre ficción se volvieran tan populares, pero fue C.S. Lewis quien lo persuadió para que publicara un libro, llamado “El hobbit”, que había escrito para sus hijos en 1937.[
“El hobbit” es un cuento de hadas con giros un tanto infantiles ‑que posteriormente el mismo Tolkien rechazó-, tales como facilitar al lector la comprensión de la obra… “en un agujero en la tierra vivía un hobbit…”
Posteriormente y ante el éxito de “El hobbit” (¿por qué tuvo éxito el hobbit, no será porque era un cuento de hadas en medio del mundo caótico entre las guerras que asolaron Europa? ¿No había señalado ya Tolkien los cuentos de hadas como elementos sanadores de la psique humana, territorios para pelear las batallas que podemos pelear y ganar?), la editorial le solicita a Tolkien otra historia de hobbits. A estas alturas el contexto histórico es una influencia decisiva en su obra, y si bien había iniciado su carrera literaria con esta historia, Tolkien envía a la editorial “El silmarillion”.
Tolkien no ha escrito obras, ha creado una mitología, completa, ha desarrollado él sólo un mundo donde cada una de sus obras se vinculan entre sí, las genealogías de un libro a otro están selladas por lazos de tinta. Sus personajes son reales, tan reales como nosotros, pequeños entre los monstruosos orcos que amenazan con sus putrefactas fauces. En “El señor de los anillos” presenciamos la imagen de los pequeños héroes, así llama Tolkien a los hobbits, gente pequeña, ¿y no somos nosotros gente pequeña en la diaria lucha? Parece que son los héroes como Aragorn los que definen el triunfo en la batalla, porque alzan un grito de guerra y blanden la espada, pero sin el pequeño Frodo, agobiado por la carga del anillo maldito, en la soledad de un volcán, sin que nadie contemple su hazaña excepto su inseparable amigo Sam. Frodo es quien define el verdadero triunfo del bien, y no es el mismo Sam, su acompañante en esta cruzada y quien apoya al héroe cuando está al borde de la renuncia.
Ciertamente esta es la crítica que muchos hacen a la fantasía, señalan, que en la realidad que ellos viven no existen esos finales felices, y es que se olvidan, que dentro del corazón es donde se baten las verdaderas batallas, y ahí ¡sí que es posible ganar!