Un novelista transgresor y poeta del submundo

Por Mireya Espinosa

Este era Charles Bukowski: el del lenguaje directo, el del verso rudo de mensaje claro y áspero, el de los personajes marginales de una sociedad que los rechaza, el de la vida dispersa, el que lleva al lector hacia sórdidos recorridos, el que caminó sobre la línea del anticonformismo, el que escribió una obra singular: “El cartero”, “Escritos de un viejo indecente”, “Ordinaria locura”, “Música de cañerías”…

Este año tiene conmemoraciones centradas en personajes emblemáticos de la literatura: uno de ellos es Bukowski, de quien se celebra el centenario de su nacimiento.

Al autor, de origen alemán, pero nacionalizado estadounidense, se le relaciona con la generación beat, la de los escritores malditos. La mayor parte de su vida transcurrió en Los Ángeles y ahí es donde se desarrollan muchas de sus obras, obras en la que plasmó el desencanto con la sociedad de su tiempo.

Charles Bukowski

Nació el 16 de agosto de 1920 en Andernach, una de las ciudades más antiguas de Alemania. Hijo de un oficial norteamericano y de una alemana, llegó a Estados Unidos cuando tenía apenas tres años.

Bukowski creció maltratado por su padre, supo de la miseria durante la gran depresión económica y del rechazo. De entre una vida sin rumbo, entregada al alcohol, nacieron sus primeros poemas y cuentos, que publicaría a partir de 1940.

Muchos de sus personajes no conocen el éxito pleno, entre ellos su alter ego, Henry Chinaski, cínico intelectual y amante incansable. Bukowski se inspiró en lo que la sociedad no quiere ver: prostitutas, alcohólicos, vagos, jugadores arruinados; sin embargo, el libro “Ausencia del héroe. Relatos y ensayos inéditos 1946-2002”, publicado por Anagrama, permite conocer su otra faceta, se le muestra con una imagen tierna, vulnerable, despojado de su imagen rebelde de los 60 y 70.

 Para recordarlo en su centenario ofrecemos su poema “¿Así que quieres ser escritor?”.

¿Así que quieres ser escritor?

Charles Bukowski

Si no te sale ardiendo de dentro,

a pesar de todo,                                                                                                                                              

no lo hagas.

A no ser que salga espontáneamente de tu corazón

y de tu mente y de tu boca

y de tus tripas,

no lo hagas.

Si tienes que sentarte durante horas

con la mirada fija en la pantalla del computador

o clavado en tu máquina de escribir

buscando las palabras,

no lo hagas.

Si lo haces por dinero o fama,

no lo hagas.

Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,

no lo hagas.

Si tienes que sentarte

y reescribirlo una y otra vez,

no lo hagas.

Si te cansa solo pensar en hacerlo,

no lo hagas.

Si estás intentando escribir

como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,

espera pacientemente.

Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa

o a tu novia o a tu novio

o a tus padres o a cualquiera,

no estás preparado.

No seas como tantos escritores,

no seas como tantos miles de

personas que se llaman a sí mismos escritores,

no seas soso y aburrido y pretencioso,

no te consumas en tu amor propio.

Las bibliotecas del mundo

bostezan hasta dormirse

con esa gente.

No seas uno de ellos.

No lo hagas.

A no ser que salga de tu alma

como un cohete,

a no ser que quedarte quieto

pudiera llevarte a la locura,

al suicidio o al asesinato,

no lo hagas.

A no ser que el sol dentro de ti

esté quemando tus tripas, no lo hagas.

Cuando sea verdaderamente el momento,

y si has sido elegido,

sucederá por sí solo y

seguirá sucediendo hasta que mueras

o hasta que muera en ti.

No hay otro camino.

Y nunca lo hubo.

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