Como editor: haces tu trabajo lo mejor que puedes, algunos incluso hacemos más de lo que ningún contrato incluye, nos involucramos con los autores y su circunstancia, atendemos en horarios no laborales, nos casamos con la obra hasta soñar episodios donde nos persigue una errata. Nadie lee tantas veces el texto de un autor como su editor.

Buscamos con el equipo el diseño adecuado, el formato adecuado, la tipografía, incluso, cuando el autor paga su edición (porque las editoriales no tienen fondos suficientes para la avalancha de autores que nos solicitan), incluso entonces, buscamos la manera de acoplarnos a sus necesidades y su presupuesto, si la obra es buena.

Y se inicia el proceso.

Un día la obra muestra su cabecita perfumada de tinta, como bebé que ya viene a la luz. Los editores somos los primeros en verla, y cuánto gozo hay en ello.

A la brevedad llamamos al autor, o le mandamos foto para que más pronto goce, como nosotros, del próximo alumbramiento.

La mayoría de las veces (afortunadamente) el autor abraza su libro y sonríe. Otras veces, no…

Otras veces llega el ego, que a estas alturas ya se ha posesionado totalmente del autor en cuestión, el ego lo hace mirar con lupa cualquier interferencia con su ideal. El ego de este tipo de autor no lo deja gozar con el proceso, ha recibido ya con una mueca de disgusto algunas decisiones del editor acerca de cortes necesarios en su obra. El ego tampoco deja que el autor goce con la entrega de las muestras: le murmura desde un pernicioso susurro “no es como lo imaginabas”.

Un libro nunca será como lo imaginamos, es algo así como los hijos, que tienen un rostro propio, un rostro que a veces encanta al padre, un rostro que a veces sorprende. Pero los hijos corren con más suerte que los libros: como son hijos, la moral no deja que los rechacemos cuando los ponen en nuestros brazos. En cambio, hay autores que, a pesar de que el editor ha obrado milagros con palabras mal articuladas, textos plagados de lugares comunes, errores ortográficos, sintaxis y redacción incomprensible, aún después de que entregamos ese hijo de la “inteligencia” pulido y limpio, como un bebé recién bañado y a punto de bautizo, el autor lo mira, ¡¿y dime dónde la complacencia que nuestros sacrificios esperaban?! NADA.

Qué dolor -lo juro-, qué dolor para el editor que ha dejado sus ojos, su sueño, sus lecturas, sus descansos, en aquel hijo ajeno. Descuidando incluso sus propios libros (que un editor siempre tiene por ahí lo suyo).

Una disculpa, es que acabo de terminar un libro que ha costado particulares desgastes… y la autora no ha recibido con ninguna muestra de cariño el ejemplar.

YRM

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