Por Yolanda Ramírez  Michel

 

Dios iba a toda velocidad y lo detuvo un policía:
—¿A dónde va con tanta prisa, Señor? —preguntó el policía sacando su libreta.
Dios lo miró con algo de culpa, no traía su licencia. Con las prisas salió así nada más que con lo puesto. Y además… Sí, iba muy rápido. Eso ciertamente no estaba nada bien. Pero…

—Es que… los hombres se me adelantaron, no los alcanzo… quiero entregarles un recado y…

El policía lo miró como quien está acostumbrado a las excusas.

—Su licencia, por favor.
—Verá, señor policía…
—¿No la trae?
—No…

Dios comenzó a mortificarse de verdad, los hombres ya iban muy adelante, muy lejos y él ahí,  explicando al policía lo inexplicable.

—Ni hablar, múlteme entonces… tengo prisa.

—No, no es tan sencillo, sin licencia ni identificación…
(Dios tampoco llevaba identificación).

—¿Qué…?
—Le voy a quitar su nube.

Y era el atardecer de un siglo.

 

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