Poesía y Chamanismo

El arte de ser canal

Desde tiempos antiguos, el chamanismo y la poesía han compartido una raíz común: ambos se nutren del misterio, de la experiencia visionaria y del poder transformador del lenguaje. El chamán y el poeta son figuras liminales: habitan los márgenes entre mundos, descienden a lo invisible y regresan con palabras encendidas para la comunidad.

El chamán: mediador del espíritu

El chamán es quien canta al espíritu, danza con los símbolos, invoca a los animales de poder, se disuelve para hacerse canal. Su lenguaje no es racional: es imagen, canto, ritmo, sonido, tambor, respiración alterada. En su viaje, se desestructura para permitir que la visión lo atraviese. El chamán no solo habla: es hablado por lo otro.

El poeta: vidente y alquimista

Arthur Rimbaud llamó al poeta “vidente”. Hölderlin decía que “poéticamente habita el hombre sobre la tierra”. El poeta, como el chamán, escucha lo que no se dice con palabras comunes. A través de la metáfora, del símbolo y del ritmo, transfigura lo cotidiano en lo sagrado. La poesía es una forma de trance: un estado ampliado de percepción donde el alma habla.

El lenguaje como portal

Ambos, chamán y poeta, conocen la fuerza mágica del lenguaje. Las palabras no son solo herramientas, son actos: encantamientos, llaves, espejos, presencias. La etnopoética contemporánea (Jerome Rothenberg, Nathaniel Tarn, entre otros) ha reconocido en las tradiciones orales indígenas, africanas, siberianas o mesoamericanas, la función poética y ritual del canto chamánico.

La herida y el canto

El chamán suele haber pasado por una herida iniciática: enfermedad, locura, muerte simbólica. También el poeta verdadero canta desde la herida. No por narcisismo, sino porque ha aprendido que el lenguaje cura, revela, transmuta. El canto chamánico es medicina; la poesía, alquimia del alma.

En todas las culturas originarias, la palabra poética nació unida al acto ritual y al trance visionario.

El chamán no solo curaba, sino que cantaba lo que veía en otros planos. Su lenguaje era imaginal, metafórico, repetitivo, con ritmo, musicalidad y símbolo: elementos todos de la poesía.

Como dice Eliade en El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, el chamán accede a lo invisible mediante la palabra ritual, que no es información, sino encantamiento.

El canto chamánico no es autoría individual: es canalización de lo Otro. La voz es un vehículo de transformación colectiva, no de expresión subjetiva.

La etnopoética, con autores como Jerome Rothenberg, ha reivindicado las formas orales indígenas como poesía viva, alejada de la lógica literaria escrita y occidental.

Los “mushos” de María Sabina, curandera mazateca, son poesía visionaria donde la repetición, la imagen y el ritmo invocan la sanación espiritual.

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