Los otros héroes

María Elena Espinosa M

Tradicionalmente la celebración del hecho histórico pone sobre la mesa a los héroes, a los protagonistas que ocupan ya un lugar en la historia.  Estamos acostumbrados a celebrarlos y repetir una y otra vez sus proezas, sus hazañas, sus anécdotas. Hablamos de ellos y de las condiciones en que llevaron a cabo los hechos y nos permitimos reflexionar en las consecuencias de sus acciones en el presente.

Conocer nuestra historia es ocasión de conocernos como humanidad y conocernos implica ser lo más objetivo posible, es por eso que se hace tan importante el trabajo del historiador, del informador que registra los hechos con apego a la verdad. Pero no es tarea fácil, después de todo los seres humanos tendemos a tomar partido a emitir juicios.

La conmemoración de la Revolución Mexicana en nuestro país da pie a la revisión del trabajo del periodista John Reed como muestra para reflexionar acerca de la estructura de la crónica periodística; sin embargo, ha sido también un disparador para ir más allá del simple análisis de sus textos. Aquí se pretende mencionar la importancia de este trabajo porque olvidamos que para que la historia llegase a nuestras manos debió existir alguien que se ocupara de registrar los hechos, de investigarlos, documentarlos.

Es una clase de héroes que omitimos o pasamos por alto:  los que se encuentran detrás de una lente o siguen a los protagonistas pretendiendo obtener los datos fidedignos de lo que está pasando a veces exponiendo su propia vida. En esta ocasión recordamos a John Reed, el reportero estadounidense que decidió registrar los hechos de la revolución mexicana a partir de su estancia en el norte.

John Reed

La figura de John Reed está ligada a la historia de la revolución mexicana a través de su trabajo periodístico que documentó principalmente esa parte del mosaico histórico donde el principal protagonista fue Francisco Villa. No vamos a repetir aquí los hechos que se encuentran ya registrados en “México Insurgente”, la obra resultante de los afanes de Reed, pero sí mencionar la importancia de su trabajo porque su interés en la información veraz lo llevó a estar en el lugar de los hechos.  

Recorrió los caminos igual que los campesinos que seguían a Villa; estuvo cerca del Centauro del Norte conociendo de primera mano sus acciones y retratando para la posteridad un personaje que muchos juzgan mítico y otros consideran bandido. 

Ser objetivo es una tarea ardua, se tienen que abandonar los juicios propios y Reed trató de narrar los hechos con una objetividad tal que al leerlo nos parece estar viviendo el hecho.  No se necesita ir a mirar las escenas de las batallas filmadas por la compañía cinematográfica con la que Villa hizo acuerdos porqe Reed, con su excelente manejo de la crónica, nos sitúa en el mismo campo de batalla y nos permite tener una idea de las escenas muy apegadas a la realidad. Eso es algo admirable en su trabajo periodístico.

Valorar a estos personajes que permanecen tras bambalinas es hacerles justicia.  El oficio del informador suele ser poco valorado. Los reporteros de a pie casi nunca reciben todo el crédito que debieran. A veces ni siquiera leemos el nombre del autor de una nota.  El autor de un reportaje, un documental o una crónica ha hecho un recorrido, se ha informado, investigado, dedicado tiempo. Merece que revaloremos su quehacer sobre todo ahora cuando hay una crisis de credibilidad de los medios. Conociendo las peripecias de John Reed tal vez seamos capaces de cambiar nuestra percepción del oficio del periodista.

*María Elena Espinosa M. es alumna del Taller de Periodismo y Literatura en Trithemius.

YO, LA SOLDADERA

Graciela Soto*

Yo la soldadera, la no reconocida

la que ha dejado todo atrás,  la que sigue a un revolucionario

que a su vez sigue a otro, que luchan por la tierra y la libertad.

Por caminos polvosos, cruzando ríos y escalando montañas

sigues a este hombre, a esta tropa,

 duermes bajo los árboles con un techo de estrellas.

Dejaste familia, tu casa con árboles, tu comida en la mesa.

En cambio te componen canciones, te reconocen por valiente y bonita.

Hay heridas profundas en la batalla, tu limpias la frente, quitas la sangre

te cuelgas el fusil y la carrillera, marchas al frente mujer soldadera.

Eres compañía, amor, mujer de piel tibia,  de huaraches y enaguas,

con tus trenzas y rebozos lo mismo prendes la hoguera

 que elevas plegarias de que nadie muera.

Pero no más, no hay generalas ni sargentas.

Los frutos de la revolución llevan tu nombre, bordado con hilos invisibles

tú también defendiste la patria de los caciques en los que eras sirvienta, eras nada.

Escuelas para que fueran las niñas, trabajos en lo que si te pagaran.

Mujeres presidentas, diputadas, alcaldesas, doctoras,

muchas antes de ti para que hoy seas tú quien quieras.

En el 2020, mujer soldadera, la Revolución te hace justicia,

Pero cuando todo parecía mejorar, luchas por tu vida,

peleas tu propia guerra y te haces escuchar,

tomas las calles, derribas monumentos,

rompes los moldes, quiebras los límites y te atreves a luchar por ti,

que no te violenten, no desaparezcas, 

una nueva Revolución se requiere donde la mujer es objeto o mercancía

 por todas las muertas de Juárez

pero no sólo ahí, en  todos los lugares,

por las que pierden la vida en las manos

de quienes juraban amarlas.i

*Graciela Soto es alumna del Taller de Periodismo y Literatura

La necesidad ¿o necedad? de los héroes

María Elena Espinosa M.*

Durante toda la historia de la humanidad han existido héroes, personajes que han roto con lo establecido y cambiado las formas. Por milenios, los seres humanos han admirado a estos y han intentado incluso apropiarse de su esencia de sus poderes. Robert Graves en “La Diosa Blanca” relata cómo en las leyendas antiguas aparece la figura de un Hércules, un rey sagrado pastoral cuyos poderes tienen que ver con los ciclos de las estaciones, la lluvia, los alimentos originados en la naturaleza, etc.

Graves dice que: “En el solsticio de verano y luego de un reinado de medio año, se le emborracha con hidromiel y conduce al centro de un círculo de doce piedras…alrededor de un roble y frente a las cuales hay un altar de piedra…” ahí tiene lugar un ritual en el que aquel héroe es sacrificado, su sangre es recogida y usada para rociar a todos los miembros de la tribu y hacerlos vigorosos y fecundos. Partes del cuerpo son consumidas por los 12 sacerdotes que participan en la ceremonia.

 La ingestión de los restos de este Hércules tiene qué ver con la sucesión. El siguiente Hércules reinará durante la segunda mitad del año y a éste lo sucederá el Hércules del Año Nuevo. Es evidente que el mito enuncia la sucesión de las estaciones del año; sin embargo, la idea del héroe y la intención de apropiarse de su fuerza subyacen en el imaginario colectivo.

Actualmente no tenemos que realizar estas prácticas, pero, sin duda, en alguna etapa de nuestra existencia podemos anhelar apropiarnos de las características o las fortalezas de nuestros héroes con el deseo de corregir lo que a nuestro juicio es corregible o para instaurar, como en el tiempo de los Hércules, las condiciones para que la vida continúe de la mejor manera, para que el ciclo no se trunque o el camino no se pierda entre los obstáculos.

Probablemente si hurgamos en la Psicología encontremos referencias a esto en nuestro desarrollo, pero si hemos vivido lo suficiente podemos dar cuenta de que en alguna parte de nuestra existencia hemos anhelado ser como algún personaje, cercano o lejano, real o ficticio. Pienso que los primeros héroes son nuestros padres, tratamos de imitarlos, nos ponemos su ropa, sus zapatos en un intento de parecernos a ellos o, en otras ocasiones, se convierten en el modelo negativo que nos induce a decir: “yo no quiero ser como él o ella” y, entonces, en nuestra vida hay un hito y decidimos convertirnos en el que rompe con lo establecido, la oveja negra que se sale del rebaño.

Romper lo establecido significa desatar una revolución, palabra que según el diccionario de la RAE significa entre otras cosas:

1.- Acción y efecto de revolver o revolverse.

2.-Cambio rápido y profundo en cualquier cosa.

La primera revolución ocurre dentro de uno mismo. Cambios profundos se gestan a medida que vamos cruzando los diferentes estadios de nuestro desarrollo. Por lo general no los percibimos, pero suceden continuamente. Piaget diría que vamos “acomodando” nuestras estructuras.

Algunos nunca dejamos de romper con lo establecido. ¿Espíritus de contradicción? ¿Inconformes? Puede ser, según los ojos que juzguen, pero el inconforme siempre tendrá una justificación que lo mueve.

Precisamente estamos atravesando un ciclo de convulsión. Solo es menester echar una mirada a los actos que a diario se suceden en todo el mundo y encontraremos una o más formas en que los seres humanos manifiestan deseos de cambio, necesidad de romper las estructuras actuales con la consabida respuesta de aquellos que desean seguir en la comodidad y placidez de lo establecido.

En nuestro país celebramos un aniversario más de la Revolución que marcó un hito. Al recordar a tantos hombres y mujeres que participaron en ella durante un largo periodo del cual, al parecer, no se tiene una fecha exacta que pueda establecer cuándo terminó, la pregunta es ¿y yo qué he hecho por este país?

Esta pregunta sale del ámbito exclusivamente personal porque involucra la participación como parte de una sociedad, pero al mismo tiempo tiene que ver con ese impulso latente al cual me referí líneas arriba.

Somos seres sociales, obedecemos reglas de convivencia que nos permiten transitar dentro de esta sociedad, sin embargo, eso no quiere decir que todos obedecemos a ciegas o seguimos perpetuando lo que es erróneo, lo que ya no funciona.

Podemos incidir de muchas maneras en nuestra sociedad, ni siquiera es necesario ir tan lejos.  Desde el humilde sitio como habitante de cierto lugar podemos hacer las cosas necesarias para provocar los cambios que se requieren para una mejor convivencia, desde ahí ya estamos revolucionando algo. También lo podemos hacer como profesionistas, sobre todo cuando se tiene un trabajo que incide en otros seres humanos.

A veces se puede ser revolucionario sin llegar a violentar el estado de cosas, mediante el razonamiento, el convencimiento, el ejemplo. Por desgracia sabemos que no siempre ocurre así.  La mayoría de las veces hay una férrea resistencia al cambio sobre todo cuando se afectan intereses creados.

Uno puede ser inconforme nato, otras veces oveja del rebaño. La elección es nuestra porque saltar las normas no es tan fácil, pero tampoco es imposible. Las primeras batallas son las individuales. Ganarse a pulso la identidad, el ser, aunque eso involucre romper con los que amas. Asumir los errores y ganarse el respeto de uno mismo y ya estamos en dos pies, firmes para esgrimir la espada y lanzarnos al mundo.

¿Ser un sujeto de cambio está en los genes? ¿Por qué no conformarse con lo que nos tocó vivir? Hay un gusanito que horada la conciencia y nos dice al oído: ¡Dilo!  Y ahí vas a enfrentarte con tus padres, con tus maestros, con tus compañeros, con tus líderes o tus gobernantes para hacer un cambio.

¿Qué nos anima? ¿Para qué preocuparse por lo que no te atañe? dice en la otra oreja el diablillo malévolo del conformismo. Pero ahí estás exigiendo un cambio, respeto a tus derechos, iniciando un movimiento para beneficio de tus vecinos, de tus compañeros, de tus alumnos. Al final de cuentas siembras para los que vienen detrás, para las generaciones que, sin darnos cuenta, ya están aquí y luchan sus propias batallas, inician sus propias revoluciones.  Entonces dices: ¡así era yo! y hay un brillo en los ojos, el reflejo de aquella llama que se apagara contigo cuando cruces el umbral de tu existencia.

*María Elena Espinosa M. Es alumna del taller de Periodismo y Literatura.