Memorias de una pandemia: la nueva actividad extrema

Entre pandemia y botón rojo, surtir la despensa es una práctica de alto riesgo: no toques, no huelas, es peligroso; no compares, invertirás más tiempo y estarás más expuesta.

Las escenas de la nueva normalidad en mercados y tiendas de autoservicio pasan por la mirada aguda, la escritura entrenada y la ironía de alumnas del taller de Periodismo y Literatura.

Escriben de cómo salir a las compras de la canasta básica, algo tan cotidiano, tradicionalmente libre, sin restricciones ni horarios, y casi, casi, paseo familiar de fin de semana o quincena, es ahora una práctica un tanto reglamentada: una sola persona, no adultos mayores, sin aglomeraciones…

Sus crónicas son el testimonio del tiempo que les está tocando vivir. Escriben porque hay que contarle a los que vienen.

El dolor de no tocar, oler, escoger y comparar

Por Vania Coria Libenson

A muy corta edad supe que no siempre hay comida en la mesa. Que las raciones se hacen grandes o chicas según el día del mes. Que es diferente lo que comes en el recreo en comparación con lo que comen los que se sientan al lado de ti. A veces más, a veces menos. Y de manera inconsciente vas entendiendo el mundo a través de cantidades de salchicha, galletas de marca, termos con agua o jugos preempacados y dinero para un extra en la cooperativa escolar.

Todos deberían poder comer igual. Todos deberían poder elegir y paladear. Y quizá por eso una gran rebanada de mí ser lo he dedicado a la comida. A preparar. A jugar con los sabores y retarme a ver en los rostros aquella inequívoca señal de placer y saciedad. Una mano que alimenta delicioso, tiene un poder celestial. O así me siento yo al menos cuando lo hago.

Y existe un momento sublime, antes de poder iniciar la magia al cocinar: las compras.

Tenía quizá poco más de 4 años, cuando visité por primera vez el Mercado de Abastos de la mano de mi madre. Un mundo terroso de olores magistrales y colores vivos. Pequeñas islas divididas por fierros mugrosos te ofrecían frutas de nombre desconocido, pero exquisitas. Grandes ruedas de quesos añejos al alcance de mis deditos, y un señor subido de peso que al verme cortaba una rebanada y me la entregaba orgulloso en un plástico circular. Al lado de Lety, nuestra distribuidora de fruta del pequeño restaurante que mi mamá tuvo durante mi infancia, está probablemente el local más pequeño de todos, donde vendían jugos y licuados. El de chocolate era siempre mi elección. Nunca entendí cómo se hacía tan espumoso en ese aparato verde metálico que sostenía un vaso de acero y cuyas aspas chillaban como un tren quejumbroso a todo vapor. Convenía pedirlo en vaso, para que te rellenaran con lo que había quedado en el aparato y no se merecía desperdiciar.

Pollos, cabras, reces, cerdo, pescados y mariscos muy muertos, colgados boca abajo, que lejos estaban de ser grotescos, si los veías en su potencial. El aroma a cilantro fresco, a naranja dulce, el menudo de Doña Chela al final de la pesquisa como premio por haber sabido esperar. Sabores, texturas, formas y tamaños todos. Todos están ahí.

Los años pasarían y caminar a empujones entre los pasillos me era natural. Ropa cómoda, dinero en la bolsa del pantalón delantera, y mi amigo Toño que cuidaba en su local mis bolsas de asa roja y cuadrícula de plástico, para no cargar y poder comprar y comprar. Caras que se hicieron familia. El pedacito de queso que se me entregaba con la misma calidad tersa y cremosa que la leche entera da, ahora me lo entregaba el hijo de aquel señor que murió de pronto, pero el queso se quedó. La manzana limpiada en un mandil de flores ofrecida a mí en una mezcla de camaradería y apapacho al corazón. El escuchar ¿cómo esta mi amiguita, hoy te tocó a ti? ¿Qué vas a llevar? Seguido de nombres que me eran tan familiares como decir agua; un kilo de diezmillo, espalda sin limpiar, costillar, entrecot fresco que lo voy a hornear, bonillo, picaña, bogavante y nata de montar… Nuestro lenguaje delicioso. MI propio mundo seguro. El viaje al país de las maravillas.

Los niños suelen recordar tardes con los primos, las idas al campo, correr en la tierra o salir a acampar. Yo recuerdo las grandes bodegas de semillas, las tiendas de dulces, los pisos negros bordeados por los colores más vivos y sabores más extraordinarios que la madre tierra da. Mis mejores salidas, mis momentos más dichosos, eran salir a comprar los ingredientes para cocinar.

Al morir mi madre creí que ese placer extremo acabaría. Su recuerdo, las preguntas por ella, su ausencia en la silla del menudo a mi lado, y su manera de hacerse notar y querer por todos me hicieron un hueco en el estómago que de vez en cuando me cura el omeprazol pasado con el mismo licuado. Pero el gozo, el éxtasis, la libertad de mi olfato y al carrusel de alta velocidad de mi imaginación sobre qué podría cocinar, sobrevivieron a mi gran perdida y se quedaron conmigo. Año con año, mes a mes, temporada a temporada, mi vida avanzó al compás de las familias que atienden el Mercado de Abastos. Mi adolescencia, mi adultez prematura, mis enfermedades se acompañaron de la mano de productos de importación, de nuevos cereales, de verduras orgánicas, de cortes magros y el mismo menudo. Sentirme en casa es hacer el mandado en la central.

Mi pasión se trasladó a las grandes cadenas de super mercados. Sentir la misma fascinación en los pasillos con altos anaqueles y empaques con etiquetas que siempre he sabido revisar. Enseñe desde pequeños a mis hijos a amar la posibilidad de ir a llenar el carrito e imaginar y soñar. Ninguna sensación ha sido jamás tan placentera como cerrar la cajuela, manejar a casa, bajar las compras, y ver el refrigerador y la despensa a reventar. Te hace sentir que todo está bien. Que todo estará bien.

La cocina se me convirtió en arte a muy corta edad. Jugando en el piso del restaurante de la familia con un anafre en miniatura con carbón encendido real y cacerolas de barro de juguete que insistí me compraran en el tianguis. Las cocineras las llenaban de la comida que vendíamos, y yo me sentía realizada. Fui una y mil veces por aceite, sal de grano, enormes cantidades de carne, semillas, vegetales… Nunca fui más feliz, nunca me sentí más segura.

Y así, de golpe, como cuando te dicen “ya no te amo” y se van, así duele hoy no poder salir a comprar. Tocar, oler, escoger o comparar, es un riesgo y una falta a la nueva normalidad. Esos pasillos estrechos donde todos somos iguales, hoy son un riesgo por la proximidad. Vaya osadía, creernos iguales sin importar la clase social, ya es visto como una cercanía potencialmente mortal.

Me pusieron horarios. Restringieron los días. Debemos usar cubre bocas, pasar un arco de desinfección, la gente se aleja de ti en automático, te miran con desconfianza, una desconfianza jamás vivida en mis más de 35 años asistiendo cada domingo sin excepción. El tiempo de permanencia es breve. Haces fila si se satura el flujo de visitantes. ¿Desayunar ahí? Meses estuvo prohibido, hoy de nuevo cancelaron la participación de los locales de comida como prioridad.

No puedes detenerte, ni tocar y regresar. Ese mundo fantástico dónde el espíritu creativo se recargaba, está actualmente en demolición.

Hoy pienso en ir por la despensa, cubierta de pies a cabeza y de prisa, como algo parecido al cavernícola que va de caza con miedo a ser devorado en lugar de recolectar. Qué valiente aquél que levanta la mano, un poco presa del encierro, pero de estómago fuerte para ir al supermercado. Las compras de pánico son un reflejo desesperado por tener lo que se necesita para vivir. Porque queremos vivir. Porque tememos lo que la pandemia traiga a cuestas con el resultado de los que aún creen que es una teoría conspirativa.

No me juzguen, lo entiendo, y no corro riesgos ni quiero que los demás los corran por mi obsesión. La supervivencia se jacta de extrema, así que una manzana hoy deberá pasar por cloro y detergente antes de poderla siquiera meter a mi refrigerador.

No puedo olfatear las especias ni platicar recetas antiguas con la esposa del carnicero que me vio crecer. Hoy es solo un trámite veloz, como artículo de primera necesidad y establecimiento prioridad 1, para el permiso de seguir operando. Después de todo, se come para vivir.

Es tal el riesgo y el miedo, que dejé de ir. Mando un mensaje a un astuto joven que te hace las compras en Abastos y me las deja en la puerta del jardín, sobre una mesa dispuesta con litros de cloro, jabón, agua y todo un protocolo de seguridad. Las tiendas en línea, a su vez, te facilitan hacer tus pedidos en aplicaciones con coloridos dibujos de frutillas y un simpático carrito de compras que va dibujando el número de artículos que has escogido. Puedes agendar tu entrega ese mismo día, con horarios escalonados y llamadas antes para confirmar si hay sustitutos en caso de que hayan faltantes de lo que pediste en la lista inicial. Es más, no hay que ir ni a la tienda. Aplicaciones como Cornershop, Rappi, Uber Eats o un Rappi Favor, te llevan en menos de 30 minutos las cositas que te faltaron en el pedido grande semanal.

Hay formas de reducir el contagio y la exposición al riesgo, sí. Hay mecanismos que cada día funcionan mejor y conforman la nueva realidad. No hay fecha para el regreso a clases, para la apertura de toda categoría de comercios, y durante dos fines de semana, debido al botón rojo que implementó el gobierno, los supermercados ni abren.

Una mezcla de virus impredecible y ciudadanos desafiantes de la autoridad han hecho esto más largo y más caótico. No hay lugar seguro, no hay país de las maravillas, no hay momentos de recreación ni gastronómica ni lúdica ni espiritual. Estamos confinados hasta que algo o alguien pase y regrese el tiempo a donde se podía salir a respirar. Habremos de convertirnos en seres resilientes y rogamos por la supervivencia nuestra y de nuestros seres amados. Hacer las compras es hoy una de varias actividades extremas que solían ser de lo más normal. Esperemos que la inteligencia y hambre de una buena vida nos permitan pronto, volver a ver de cerca, tocar, olfatear y paladear.

Este texto es producto del taller de Literatura y Periodismo que imparte en Trithemius Talleres Literarios la maestra Mireya Espinosa, periodista con amplia trayectoria en el tema.

La necesidad ¿o necedad? de los héroes

María Elena Espinosa M.*

Durante toda la historia de la humanidad han existido héroes, personajes que han roto con lo establecido y cambiado las formas. Por milenios, los seres humanos han admirado a estos y han intentado incluso apropiarse de su esencia de sus poderes. Robert Graves en “La Diosa Blanca” relata cómo en las leyendas antiguas aparece la figura de un Hércules, un rey sagrado pastoral cuyos poderes tienen que ver con los ciclos de las estaciones, la lluvia, los alimentos originados en la naturaleza, etc.

Graves dice que: “En el solsticio de verano y luego de un reinado de medio año, se le emborracha con hidromiel y conduce al centro de un círculo de doce piedras…alrededor de un roble y frente a las cuales hay un altar de piedra…” ahí tiene lugar un ritual en el que aquel héroe es sacrificado, su sangre es recogida y usada para rociar a todos los miembros de la tribu y hacerlos vigorosos y fecundos. Partes del cuerpo son consumidas por los 12 sacerdotes que participan en la ceremonia.

 La ingestión de los restos de este Hércules tiene qué ver con la sucesión. El siguiente Hércules reinará durante la segunda mitad del año y a éste lo sucederá el Hércules del Año Nuevo. Es evidente que el mito enuncia la sucesión de las estaciones del año; sin embargo, la idea del héroe y la intención de apropiarse de su fuerza subyacen en el imaginario colectivo.

Actualmente no tenemos que realizar estas prácticas, pero, sin duda, en alguna etapa de nuestra existencia podemos anhelar apropiarnos de las características o las fortalezas de nuestros héroes con el deseo de corregir lo que a nuestro juicio es corregible o para instaurar, como en el tiempo de los Hércules, las condiciones para que la vida continúe de la mejor manera, para que el ciclo no se trunque o el camino no se pierda entre los obstáculos.

Probablemente si hurgamos en la Psicología encontremos referencias a esto en nuestro desarrollo, pero si hemos vivido lo suficiente podemos dar cuenta de que en alguna parte de nuestra existencia hemos anhelado ser como algún personaje, cercano o lejano, real o ficticio. Pienso que los primeros héroes son nuestros padres, tratamos de imitarlos, nos ponemos su ropa, sus zapatos en un intento de parecernos a ellos o, en otras ocasiones, se convierten en el modelo negativo que nos induce a decir: “yo no quiero ser como él o ella” y, entonces, en nuestra vida hay un hito y decidimos convertirnos en el que rompe con lo establecido, la oveja negra que se sale del rebaño.

Romper lo establecido significa desatar una revolución, palabra que según el diccionario de la RAE significa entre otras cosas:

1.- Acción y efecto de revolver o revolverse.

2.-Cambio rápido y profundo en cualquier cosa.

La primera revolución ocurre dentro de uno mismo. Cambios profundos se gestan a medida que vamos cruzando los diferentes estadios de nuestro desarrollo. Por lo general no los percibimos, pero suceden continuamente. Piaget diría que vamos “acomodando” nuestras estructuras.

Algunos nunca dejamos de romper con lo establecido. ¿Espíritus de contradicción? ¿Inconformes? Puede ser, según los ojos que juzguen, pero el inconforme siempre tendrá una justificación que lo mueve.

Precisamente estamos atravesando un ciclo de convulsión. Solo es menester echar una mirada a los actos que a diario se suceden en todo el mundo y encontraremos una o más formas en que los seres humanos manifiestan deseos de cambio, necesidad de romper las estructuras actuales con la consabida respuesta de aquellos que desean seguir en la comodidad y placidez de lo establecido.

En nuestro país celebramos un aniversario más de la Revolución que marcó un hito. Al recordar a tantos hombres y mujeres que participaron en ella durante un largo periodo del cual, al parecer, no se tiene una fecha exacta que pueda establecer cuándo terminó, la pregunta es ¿y yo qué he hecho por este país?

Esta pregunta sale del ámbito exclusivamente personal porque involucra la participación como parte de una sociedad, pero al mismo tiempo tiene que ver con ese impulso latente al cual me referí líneas arriba.

Somos seres sociales, obedecemos reglas de convivencia que nos permiten transitar dentro de esta sociedad, sin embargo, eso no quiere decir que todos obedecemos a ciegas o seguimos perpetuando lo que es erróneo, lo que ya no funciona.

Podemos incidir de muchas maneras en nuestra sociedad, ni siquiera es necesario ir tan lejos.  Desde el humilde sitio como habitante de cierto lugar podemos hacer las cosas necesarias para provocar los cambios que se requieren para una mejor convivencia, desde ahí ya estamos revolucionando algo. También lo podemos hacer como profesionistas, sobre todo cuando se tiene un trabajo que incide en otros seres humanos.

A veces se puede ser revolucionario sin llegar a violentar el estado de cosas, mediante el razonamiento, el convencimiento, el ejemplo. Por desgracia sabemos que no siempre ocurre así.  La mayoría de las veces hay una férrea resistencia al cambio sobre todo cuando se afectan intereses creados.

Uno puede ser inconforme nato, otras veces oveja del rebaño. La elección es nuestra porque saltar las normas no es tan fácil, pero tampoco es imposible. Las primeras batallas son las individuales. Ganarse a pulso la identidad, el ser, aunque eso involucre romper con los que amas. Asumir los errores y ganarse el respeto de uno mismo y ya estamos en dos pies, firmes para esgrimir la espada y lanzarnos al mundo.

¿Ser un sujeto de cambio está en los genes? ¿Por qué no conformarse con lo que nos tocó vivir? Hay un gusanito que horada la conciencia y nos dice al oído: ¡Dilo!  Y ahí vas a enfrentarte con tus padres, con tus maestros, con tus compañeros, con tus líderes o tus gobernantes para hacer un cambio.

¿Qué nos anima? ¿Para qué preocuparse por lo que no te atañe? dice en la otra oreja el diablillo malévolo del conformismo. Pero ahí estás exigiendo un cambio, respeto a tus derechos, iniciando un movimiento para beneficio de tus vecinos, de tus compañeros, de tus alumnos. Al final de cuentas siembras para los que vienen detrás, para las generaciones que, sin darnos cuenta, ya están aquí y luchan sus propias batallas, inician sus propias revoluciones.  Entonces dices: ¡así era yo! y hay un brillo en los ojos, el reflejo de aquella llama que se apagara contigo cuando cruces el umbral de tu existencia.

*María Elena Espinosa M. Es alumna del taller de Periodismo y Literatura.

Cuatro interpretaciones

Era 1921. Se le consideraba el año del renacimiento mexicano. La línea política marcaba los tiempos para la construcción del Estado posrevolucionario, enfatizando su cercanía al pueblo. No hubo mejor oportunidad que el centenario de la consumación de la Independencia.

Con Álvaro Obregón en la Presidencia, la estrategia era mostrar al pueblo y vincular al Estado y su propuesta nacionalista con los pueblos indígenas. Esto, según los historiadores, marcó el inicio del Estado cultural, es decir que las políticas públicas también pusieran atención a las artes y la cultura. Fue así como el arte popular se visibilizó y obtuvo su reconocimiento.

Esta parte de la historia del arte popular de México la conoce muy bien Margarita Barajas Zendejas, gestora cultural especializada en la riqueza artesanal del país. A través de una exposición en el taller de Periodismo y Literatura, la también socióloga acercó a las alumnas a ese legado que es mucho más que barro moldeado y que es urgente revalorar.

El 110 aniversario de la Revolución mexicana es ocasión adecuada para mostrar cuatro lecturas de una misma herencia viva hechas a partir de los conocimientos compartidos por Barajas Zendejas.

Con el alma en las manos

Mara Espinosa

¿Conocemos en verdad  nuestro  país? ¿Qué tanto sabemos acerca de los usos y costumbres de cada uno de sus pueblos, de sus habitantes, de sus tradiciones, de su cultura? Nuestra patria es un extenso mosaico donde cada rincón tiene su colorido propio. Cada uno de sus estados ofrece tal riqueza cultural que a veces no es posible conocerla por completo. Y es que conocer tiene que ver con cosas tales como: conocer a su gente, escucharlos hablar, probar sus riquezas culinarias, pasear, pero no para tomar fotografías sino para vivir cada lugar y luego recrear esas vivencias que se quedan en la memoria. Adueñarse con todos los sentidos del colorido, los olores, los sonidos, los sabores, el ambiente de cada lugar no es algo que podamos hacer tan fácil a menos que tengamos la suerte de permanecer lo suficiente.

Algunos de los sitios de mayor interés son los mercados, pues por lo regular es ahí donde se encuentra la mayor riqueza.  Pasear por sus establecimientos es una delicia, sobre todo cuando el lugar es rico en manifestaciones típicas. Hay que  adentrarse en sus pasillos hasta dar con esos puestos llenos de colorido y de la creatividad de nuestros pueblos.

Conocer la artesanía de un lugar es conocer a su gente. Los mexicanos somos un pueblo que se aferra a sus costumbres aunque hay que reconocer que muchas veces nos son por completo desconocidas.

Por eso se valora la conservación que se hace, sobre todo al interior del país,  de esa parte cultural, ligada sobre todo a los usos y costumbres de cada pueblo, a su identidad. En ellos es donde se encuentra más vivo el uso y la creación de artesanías a diferencia del norte del país, donde la cercanía con los Estados Unidos ha permeado en las costumbres de muchos de los habitantes de esta región.  Hay una marcada penetración mercantilista y una tendencia al consumo de productos y costumbres ajenas a las nuestras.

Al centro del país esta aculturación, por llamarla de algún modo, todavía encuentra algo de resistencia. En esos pueblos es más nuestro México con sus tradiciones y eso se nota hasta en la fabricación y consumo de gran variedad de productos artesanales.

Mientras para nosotros la artesanía pasa casi desapercibida o  no es algo a lo que le demos la importancia necesaria porque “no son cosas que necesitemos” debido a nuestra forma de vida”,  para los visitantes de otros países son objetos dignos de aprecio, incluso los consideran verdaderas obras de arte que gustosos exhiben como tesoros encontrados en sus viajes.

De acuerdo con Margarita Barajas, socióloga inmersa en el conocimiento de las artesanías del estado de Jalisco, es importante revalorar estas manifestaciones toda vez que contienen en sí mismas importantes valores intangibles. Más allá del valor utilitario como objetos, nos hablan de identidad, formas de vida, inspiración, técnica. Representan no sólo un objeto sino a sus creadores y amplifican el conocimiento que podemos tener de su historia y su presente.

No siempre se le dio su verdadera dimensión a la artesanía. Apenas en los años 20 se le reconoció como arte popular y se le confirió valor artístico. En los años 50 pasó a ser objeto de estudio antropológico. Personajes representativos de la vida cultural del México de esos años como Gerardo Murillo, mejor conocido como Doctor Atl, Jorge Enciso y Roberto Montenegro se ocuparon de la revalorización del arte popular.

La  creación de una pieza de artesanía es un conocimiento que se transmite de padres a hijos. Hay comunidades enteras dedicadas a crear determinado tipo de artesanía. Aún los mismos utensilios tienen su sello característico, su técnica particular. Es así como nos enteramos que hay diferentes clases de, por ejemplo, utensilios de barro. Sí, porque hay que saber distinguir entre ramas y familias de artesanías.  La forma en que se elaboran hace la diferencia, de tal modo que no es simplemente una olla de barro, sino que puede ser de barro bruñido, canelo o bandera y que ese nombre determinará la técnica para su elaboración así como el acabado que tiene la pieza. También hay que saber si está hecho con greda o esmaltado y si ese esmaltado está libre de plomo.

La conservación de estas técnicas es una especie de resistencia cultural. Los artesanos siguen utilizando las mismas formas de hacer que sus ancestros a pesar de los intentos por industrializar su producción.  Al decir industrializar pensamos en procesos de fabricación de piezas destinadas a surtir un mercado cada vez más demandante, procesos en los que las piezas perderán su integridad, su personalidad, su autenticidad.  No es lo mismo fabricar en serie que acariciar el barro para moldear una pieza. Aunque ésta sea igual a las otras en su forma, o esté destinada para los mismos usos, algo de la creatividad, de los sueños o del ludismo del artesano queda plasmada en la obra dándole un carácter único porque el proceso de construcción es, al mismo tiempo que un trabajo, un goce y  le confiere a la pieza esa gracia que no tienen otros productos que sirven para lo mismo.

Y es que usted tome en sus manos cualquier artesanía, un jarro, una taza, una cuchara de madera, un juguete, etc., aunque esté junto a otros semejantes a él siempre encontrará un rasgo distintivo que, me atrevo a decir, es el alma de la pieza y esa alma, no se logra con una máquina que fabrique en serie. Tener en las manos una artesanía es tocar el alma del artesano. Tocar sus sueños, sentir vibrar en la pieza la pasión puesta en ella, el amor con que fue creada.

Fotografía de Pablo Márquez Cervantes

Guardiana de un legado

Vania Coria Libenson

A través del arte y sus expresiones nos vemos, nos narramos, alcanzamos la inmortalidad. Es en el hacer estético elaborado con técnica, que alcanzamos lo sublime y nuestra terrestre identidad. Y con el paso del tiempo, como les pasa a las calles, a los edificios, a los rostros y a la naturaleza misma, hay rasgos que simplemente se pierden, se van.

Quien custodia el arte, asegura nuestra prevalencia. Quien estudia, conoce, difunde y conserva el ADN de las piezas artesanales, nos mantiene vivos después de muertos. Y para la artesanía jalisciense, Margarita Barajas es más que solo una defensora y promotora; ella es guardiana y portavoz de la lucha por preservar el legado de cientos y cientos de años de tradición, con la visión y transformación de procesos necesarios, para avanzar junto a las nuevas formas, y asegurar su futura permanencia.

Fue apenas en los años 20, cuando se rescató la producción indígena y se revalorizó la estética popular. En ella se imprimían desde el inicio la historia, identidad, ideales, formas de vida, pueblos enteros y valores culturales intangibles que la hicieron herencia viva. Son los años 50 quienes verían logrado el valor antropológico del arte popular en una exposición de los trabajos de poblaciones indígenas, el valor histórico se les sería reconocido, y su difusión internacional vería la puerta. Son estas décadas, a manos de personajes como el Dr. Atl, las que darían el foco correcto a la alfarería, artesanía y cerámica mexicanas.

Las artesanías nos hablan de nosotros. De quiénes fuimos, de dónde venimos. Son más que un trabajo hecho a mano; son un producto de identidad cultural comunitaria que transmite de generación en generación no solo imágenes y utilidad, sino beneficios de índole psicológico, de relajación y trascendencia.

Según la región del país de donde vengan las piezas y las técnicas, los trabajos artísticos se distinguen. Arte wirrárika, vidrio soplado, barro horneado, alfarería y hasta el sincretismo tras la Conquista, cada pieza lleva en su más diminuta arena el ser de los pueblos y etnias mexicanas. Pinceles hechos de cabellos de mascotas y pinturas hechas con tierra. La tierra de la que vienen estos grandes maestros del arte popular.

Dentro de este recuento de antepasados y olor a tierra mojada, habita un triste peligro: la extinción. Varias transformaciones han sufrido los procesos de elaboración de las piezas artesanales sin renunciar a su integridad y valor: implementación de materiales de poco peso, grecas en los dibujos, regulación de temperaturas y nuevos moldes, técnicas de oriente adaptadas, cerámicas tipo corcho y hornos que dan texturas de madera. Todo esto buscando una gama más amplia de comercialización, que dé a conocer mundialmente nuestras creaciones y genere un modelo sustentable para las familias que por generaciones, desde los abuelos hasta los niños, se dedican a esta labor. Pero no ha sido fácil, ni suficiente para mantener la competitividad que les permita seguir.

Las grandes demandas no pueden ser abastecidas con los procesos manufactureros actuales, y el ceder ante la propuesta de maquinarias y estandarización de métodos, asustan a los fabricantes actuales por miedo a perderse en la tecnología y dejar de tener en cada pieza una pincelada de legado ancestral. ¿Pero, qué hacer entonces? ¿Cómo preservar parte del proceso creativo y las técnicas, y al mismo tiempo adaptarse a los cambios y necesidades de un mercado en constante movimiento y necesidades evolutivas, incluso en piezas no sólo funcionales sino decorativas?

Margarita lo sabe. Está alerta y trabajando en mantener estos bienes intangibles tanto como las cualidades útiles y funcionales. Conoce las historias y la importancia de mantener vivas las tradiciones y legados. Pero también ve el mundo y es consciente de la imperante llamada a la modernización y evolución, para no quedarse atrás. Para evitar un suicidio colectivo so pretexto de preservar las más orgánicas formas de hacer las cosas.

La Dirección de Fomento Artesanal del estado de Jalisco registró cerca de 10 mil 700 artesanos, y en ello va la apuesta de ayudarles a mantenerse vigentes, seguros y parte de la historia de nuestro México. Y hay mucho más que se debe hacer. El reto no es sencillo. La apuesta es alta. Y necesitaremos más que solo visitar Tonalá o Tlaquepaque los fines de semana. Nuestra parte deberá incluir la valoración de las piezas, el conocimiento de las técnicas e historias, y la difusión y defensa de lo que como pueblo hemos creado. La guardiana necesitará un ejército de custodios comprometidos, promotores orgullosos y representantes conocedores del origen y fin de nuestra grandiosa y vasta artesanía mexicana.

Fotografía de Pablo Márquez Cervantes

Las artesanías y las manos creativas que le dan vida

Graciela Soto

El talento creativo permanece latente hasta que hay manos y mentes inspiradas que le dan vida.

En paredes, vitrinas y anaqueles de los pueblos artísticos se encuentran las obras de los artesanos; son productos con una historia para contar que se remonta a un pasado en el que la creación tuvo su origen entre piedras, barro, textiles, cuentas, hilos, madera, pintura y otros materiales del entorno.

Benditos los pies de quienes recorrieron este país para ir conociendo la riqueza cultural de cada sitio y encontraron sus emblemas. Roberto Montenegro, el Dr. Atl y Jorge Enciso, promotores del arte popular, sabían lo que valía cada objeto, lo que había costado su elaboración, el tiempo necesario para darle vida. Así, con sus propios ojos y tocando, sintieron la textura y percibieron el calor de los sarapes o admiraron las pinturas en las lozas y cerámicas de Puebla, percibieron la fragilidad de las jarras y vasos de vidrio soplado, enmudecieron con la forma de los objetos del barro negro o de los minúsculos diseños de filigrana de plata en Taxco.

Fueron muchos días y noches para construir un testimonio vivo del inventario artesanal de este gran país. Había que dejar atrás una dictadura que pesaba sobre los hombres, había que dejar atrás la pobreza de ser jornalero endeudado o sin futuro. Es después de la Revolución que se quiere recuperar el arte popular y eran los años 20. La tarea de Montenegro, Atl y Enciso era formar una exposición de arte popular con motivo de los festejos del Centenario de la consumación de la Independencia.

Son los materiales de la región los que se transforman con la mística de una cultura para dar identidad a través de múltiples objetos que no son manualidades, son arte elaborado con la herencia ancestral de generaciones. Representan a ojos que aprendieron observando a los ancianos, a manos que fueron guiadas buscando la originalidad y el perfeccionamiento del proceso. Ese arte simboliza a los cuerpos inclinados sobre el barro que moldea al hombre y lo hace más fuerte, lo hace inclinarse sobre la tierra y recibir su energía, y a su vez, este hombre moldea la figura del cántaro o la vasija que saciará su sed y más tarde podrá ser una pieza de museo que hable de cómo fue toda su historia.

Estamos llamados a ver atrás de la pieza, en donde se encuentre, ya sea en un lugar en el que se pone a la venta o en una exhibición. Detrás de ella hay un artesano y artista que puso tiempo de vida para ello, sus cualidades mágicas nos enseñan que la producción es muchas cosas a la vez:

Identidad y cultura.

Símbolos que hablan de sus valores y sueños.

Ironía que comunica.

Inspiración sublime reflejada en la obra.

Utilidad en la vida práctica.

Decoración de los espacios cotidianos.

Es una mirada del entorno ya que reproduce alguno de sus elementos.

En Jalisco existe riqueza en su inventario artístico y es una mujer, Margarita  Barajas Zendejas, gestora museográfica, colaboradora del ex Instituto de la Artesanía Jalisciense, pide resaltar el arte como parte de las cotidianeidades, luchar por recuperar historia, enseñar a los niños para que conozcan y aprecien lo que vale en vida y en tiempo el trabajo que se hace con las manos y la corazón, para que opongan resistencia cuando un gobierno estatal desaparece así como así un instituto como este, para que el arte sea parte vital y no accesorio utilitario y mercantilista.

Fotografía de Pablo Márquez Cervantes

 Sobre la artesanía en Jalisco

Magdalena Dueñas

Asomarse al mundo de las artesanías es como dar un paseo por la historia y cultura de cada región de un país.  Y cuando se hace de la mano de un conocedor y apasionado del tema, es como sentirse “iniciado” en el descubrimiento de la riqueza de materiales y técnicas utilizadas para crear esos  artículos que admiramos, aún sin saber lo que  hay atrás, pero sobre todo  para valorar más a los artesanos, verdaderos artistas, cuyo trabajo es producto de conocimientos ancestrales.

Margarita Barajas Zendejas, licenciada en Sociología, y con amplia experiencia en gestión cultural y museográfica, actualmente enfocada al análisis del impacto de programas sociales, culturales y de políticas públicas, desde la perspectiva del modelo de ecosistema de innovación social, comparte algunos de sus conocimientos y experiencias sobre la artesanía jalisciense, en una charla amena y magníficamente documentada.

 ¿Artesanía o Manualidad? 

No por ser fabricado a mano entra en la categoría artesanal, pues para ello se requiere que el objeto tenga una identidad cultural comunitaria, cuyo proceso manual sea auxiliado con implementos rudimentarios y con materiales generalmente obtenidos en la región donde habita el artesano. Es  un oficio, una industria creativa.

Un poco de historia

En México, como producto del primer Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en 1940, se determinó salvaguardar y perpetuar las culturas indígenas del continente creándose lo que a la postre se convirtió en el Instituto   Nacional Indigenista. Finalmente, en 1951 surge el Museo Nacional de Artes e Industrias Populares, de gran importancia para la artesanía, pues además de albergar colecciones de arte popular, se iniciaron diversos programas para promocionar comercialmente los productos, así como orientación respecto a técnicas para reducir el tiempo invertido en la  fabricación, tomando en cuenta que los  artesanos obtienen el  sustento  económico  de su trabajo.

En Jalisco, abre en 1954 el Museo Regional de la Cerámica de Tlaquepaque, y en 1963 inicia la construcción de la Casa de las Artesanías de Jalisco, buscando el desarrollo y perfeccionamiento de productos y herramientas.

Margarita Barajas es coautora y coordinadora editorial de un magnífico libro, titulado “Artesanías, una fusión de vida y cultura”, publicado en 2009 por el entonces Instituto de la  Artesanía Jalisciense, con motivo del 45 aniversario de la Casa de las Artesanías, en el cual podemos encontrar no solamente información sobre el origen, desarrollo y  técnicas artesanales de nuestro Estado, sino estupendas fotografías de diversas colecciones, además de una  interesante descripción del proyecto y construcción de la Casa de las Artesanías, en el que  se  cuidó de forma especial la  utilización de materiales representativos del trabajo artesanal.

Panorama actual

La experta comenta que actualmente existen 10 mil 700 artesanos registrados en 30 municipios productores. Jalisco se destaca en diferentes técnicas  como  la cerámica, metalistería, lapidaria, arte  indígena y textiles.

 Detallar cada una de estas especialidades y las diferentes regiones del Estado en las que se trabajan sería tema para un artículo mucho más extenso. Aquí nos limitamos a algunos datos interesantes de la exposición.

Por ejemplo:  Todos sabemos que Tlaquepaque es famoso por artesanía; sin embargo, desconocemos que antes de la Colonia, era considerada tierra de brujos. Al llegar la influencia colonial se crea un sincretismo cultural, y de ahí surgen formas tan originales en las que se mezclan figuras fantasmagóricas de animales-hombres y otros símbolos que el artesano plasma en sus creaciones.

Un ejemplo podría ser la obra de Candelario Medrano (1918-1986) de quién se  cuenta que sus  figuras de leones o nahuales con cara de hombre, eran producto de sus  sueños. Para esas figuras se utilizaba la técnica del barro betus, decorado con mezcla de huevo y aceite de pino. Actualmente ya no se usa  esa  técnica,  sustituyéndose por otros materiales, pero el trabajo de Don Candelario continua  vigente en sus hijos y nietos, quienes siguen elaborando objetos surrealistas.

Aun cuando el  origen de la  alfarería  se remonta a la época  prehispánica, tomando en cuenta que  surgió  a  partir de que  el hombre requirió cocer  los  alimentos, trabajándola  para satisfacer  necesidades domésticas,  al paso del tiempo tuvo , como  otros  oficios, una evolución al buscar mayor  dureza y resistencia para sus  utensilios, y por  la misma naturaleza creativa del ser humano, pasó a decorarlos, a buscar nuevos  estilos , razón por la que  existen en la  actualidad  tan  interesantes variables como  la  “loza de agua”, cerámica brillante y tersa   que  todos  conocemos de vista sin saber que se llama   “barro  bruñido” ( tallado con pirita y agua), “barro canelo”  (piedra  de río y cebo), “barro bandera” (se distingue por sus  colores)  o que el “barro engretado” lo trajeron los españoles y la técnica incluía metales pesados, lo cual se ha resuelto en la cerámica  gracias a materiales que  no  causan daño a la salud al utilizarlos como artículos  de uso cotidiano.

Otra técnica muy famosa es el “petatillo” estilo tonalteca, elaborado con fuego, barniz, o engretado. Es un trabajo delicado, y se denomina así por la fina y milimétrica retícula la que sedecora el fondo. Las piezas son muy apreciadas por las hermosas figuras de animales y plantas decoradas con puntillismo, y requieren una gran maestría para su fabricación.   

La cerámica moderna ha tenido influencia de artistas innovadores que han dejado su huella en el estilo de decorar, como el Ingeniero Ortiz que, en los años 50, con la introducción de la cerámica tipo “corcho”, dio un toque distintivo a las piezas de alta temperatura, logrando inclusive una mayor ligereza.

Instalado en Tonalá en los sesentas, el neolonés Jorge Wilmot comenzó a experimentar con nuevas formas de cerámica como objetos de ornato, con la idea de mezclar diferentes influencias, preservando las tradiciones, pero con realmente valiosas en la técnica y el estilo.  A él se debe la introducción del gres y la utilización de hornos de gas a gran escala. En su trabajo se distinguen pájaros, flores, águilas de dos cabezas y soles multicolores. Su influencia ha sido enorme  en ceramistas mexicanos y extranjeros.

Sería imposible conocer en una charla la variedad de artesanía que Jalisco aporta al arte mexicano, pero es reconfortante saber que existen expertos como Margarita Barajas con ese interés por preservarla, apoyando procesos de innovación que permitan a los artesanos continuar con su oficio y lograr la permanencia de los productos elaborados por ellos en la vida cotidiana de la sociedad.

Esta charla ha sido no solamente instructiva, sino la oportunidad de abrir una ventana más al asombro por la creatividad del ser humano. 

Fotogragía de Pablo Márquez Cervantes