Las enseñanzas de Trithemius

Experiencia en un taller de Teoría Literaria que no se da en Letras Hispánicas

Por José Aguilera

Abordar la composición de las obras textuales es el quehacer de la Teoría Literaria, eso lo medio aprendí en mi paso por la facultad de Letras Hispánicas de la Universidad de Guadalajara (UdeG). Lo que no aprendí fue a acercarme a los textos desde las múltiples ópticas que existen para interpretarlos y descifrar su composición; no vimos cómo desde lo pagano se puede entender lo sacro del texto. Tampoco vimos la manera en que los astros influyen en la composición de tal o cual obra, o cómo Escorpio se vuelve agua y hace que todo fluya en el texto. No, allá nos encargábamos de juzgar desde los ojos estructuralistas, desde las arcaicas escuelas de la Europa agria y cuadrada. Ni siquiera nos acercamos al texto desde las visiones femeninas o de género.

Ahora que estoy en un reencuentro con la literatura y sus procesos, descubro, inmerso en una marea de voces, muchas visiones del mundo que nos acercan a los textos y sus autores desde los astros, la magia, los silencios y la carne. Lo esotérico se vuelve regla y ley cuando la lectura de los astros coincide con la biografía de los escritores, cuando las casas y sus ascendentes son mapas para entender la forma de ser del texto y del poeta, y nos guían por el puente tendido entre la obra y las palabras, que flotan en un éter seductor.

No. Esto no lo aprendí en Letras, lo estoy descubriendo en un taller lleno de “brujas” -dicho por ellas mismas-, un taller en el que se acercan a los textos con la curiosidad de un niño que sólo quiere saber qué se siente caer al fondo de las cosas.

Lo aprendí en un taller de Trithemius mientras la cuarentena pasa lenta y contundente.

La butaca vacía

Por Vania C. Libenson

“La capacidad de crear es paralela a la capacidad de sobrevivir”.

Viktor Ullman

Las butacas están vacías. Cientos de producciones y grandes espectáculos han sido cancelados, pospuestos o desarmados. Los empleos que generaban los foros se perdieron. La sorprendente realidad que hoy intentamos digerir nos separa, al menos temporalmente, del arte y la cultura en escena. ¿Qué va a pasar con las taquillas cerradas, compañías teatrales en quiebra y grupos artísticos en paro?

El arte acompaña al hombre desde antes de que se escribiera la historia. De generación en generación, comunicamos y transmitimos lo que somos, mediante la pintura, la danza, el cine, la literatura y el teatro. Transformamos en belleza estética la cruda realidad, para poder verle a la cara, e inmortalizamos lo indecible, para perpetuarlo como recurso de esperanza.

Sí, el mundo está en crisis, en pausa, y necesitamos arte. Como dijo Diego Sánchez Meca, en un diálogo imaginario con Friedrich Nietzsche: “Tenemos arte para no morir de la verdad”.  Lo artístico pone un velo sobre la realidad y proyecta o revela lo más interno de nuestros pensamientos; si bien tranquiliza y sana sólo momentáneamente, empuja internamente al hombre lo suficiente como para trabajar en una mejora real de sus condiciones de vida.

Guadalajara siempre ha sido una ciudad icónica por su movimiento cultural, su legado histórico y su extensa red de instituciones artísticas, pero la extinción del teatro amenaza su lugar como fuerza cultural del país.

Ya antes se sufría por las producciones comerciales masivas a las que sólo se asiste para ver y ser visto por la sociedad, aunque el teatro no es sólo un recurso filantrópico, también es terapéutico, evolutivo y da identidad a nuestra Perla Tapatía como cuna de dramaturgos y artistas internacionalmente reconocidos.

Los tapatíos nos tomamos las expresiones artísticas muy en serio, por eso hoy más que nunca necesitamos recuperar el equilibrio entre crear y vivir el arte.

Hace falta el teatro. Nuestra preservación intelectual y estabilidad anímica lo necesitan. Requerimos leerlo, estudiarlo, recordarlo, vivirlo y admirarlo. Queremos dejarnos envolver por sus engaños, sus trampas, sus misterios y sus relatos.

El teatro nos deja ser quienes siempre fuimos, probar lo que a ratos salivamos y permite dejar ir aquello que se carga junto con las risas que soltamos. El teatro nos muestra el pasado y el futuro; nos dice quiénes somos y a dónde vamos. Así pues, que las butacas no permanezcan vacías mucho tiempo más; que se escuche la tercera llamada.