Por Magdalena Dueñas

Había pasado un año, distinto, especial, ese que marcó la historia del siglo XXI, y siendo una persona que había vivido ya casi la mitad del siglo anterior y los 20 transcurridos del que corría, me sentía con la suficiente experiencia para asegurar que era algo inusitado, algo que no hubiésemos creído posible que nos tocaría vivir, dado que la ciencia había avanzado de forma tal, que aun cuando existían enfermedades incurables o brotes de virus extraños en algunas zonas del planeta, el imaginar que el mundo entero padeciera simultáneamente un contagio casi incontrolable que obligara a los gobiernos a pedir a los ciudadanos resguardarse en sus casas, suspender actividades productivas, educativas, comerciales etc., era impensable.

Y sin embargo ahí estaba, no había modo de sustraerse a las noticias que día a día llegaban acerca de la malignidad del virus que azotaba a la humanidad, y de las consecuencias que dejaba a su paso. Prácticamente la vida giraba en torno a eso.

Al formar parte de la “población vulnerable” al padecimiento, por mi edad y algunas otras lindezas, mis hijos decretaron prisión domiciliaria, la cual cumplí estoicamente por más de un año, tiempo en el que tuve vivencias de todo tipo. Una de las más satisfactorias consistía en desvelarme a mis anchas, leyendo hasta que me percataba que el libro o el IPad estaban en el suelo, sin poder distinguir entre lo que soñaba o leía.

Fue en ese tiempo, diría que, en abril o mayo, pues dentro hacia un calor alucinante, que intentando refrescarme un poco, salí al jardín. La luz que me llegaba era únicamente la que provenía del alumbrado de la calle, pero suficiente para no tropezar. Aunque no podía ver las plantas con claridad, pase junto a los rosales, las gardenias, las macetas donde sembraba el romero, la albahaca, la citronela, y me pareció raro no percibir el aroma de ninguna. Me incliné hacia el romero, siempre tan oloroso, y ¡nada! Lo primero que pensé fue “tengo coronavirus”, pues entre los conocimientos médicos recién adquiridos estaba el de que puede ser un síntoma.

De ahí, salté al Alzheimer, !eso también podría ser!

Intentando evitar la paranoia, respiré, me senté en una de las dos sillas que tenemos en el jardín bajo la pérgola, y antes de poder continuar con mi disertación mental, me percaté que una estrafalaria mujer estaba ya sentada en la otra.

No te asustes, no tienes ni coronavirus ni Alzheimer.

Extrañamente, en vez de gritar o correr, le pregunté:

¿Cómo sabes?

Pues mira, eres propensa a imaginar escenarios que coincidan con tus creencias. Eso le pasa a muchos.

En ese momento me percaté de que sí percibía los olores. De hecho, la mujer tenía un olor penetrante, como a medicina.

Tú hueles raro. ¿Usaste desinfectante?

No, que va. Me choca. Eso que percibes es el reflejo de tu actualidad. Pero puedo oler a muchísimas otras cosas que también vives.

¿Como a qué?

A todo aquello que es común y contagioso. Como el desencanto, el hastío, la incertidumbre.

¡Qué patético! ¿De dónde sacas que puedo sentir eso?

Ah ¿Tú te crees diferente ?Mira, unos más, otros menos, pero todos llevan dentro algo que se ha generalizado. Hay quien piensa que únicamente propago enfermedades del cuerpo, como esa que traigo de moda, pero eso es un trabajo bastante esporádico.

¿Quién te otorga semejante poder?

Mmm…, digamos que soy una consecuencia de la condición humana. Las personas suelen adoptar sin darse cuenta pensamientos, creencias, hábitos y vicios que yo me encargo de

hacer populares. Por ejemplo, el miedo. Es uno de mis favoritos.

Yo no soy miedosa. Como no sea a los roedores, difícilmente me asusto. Aquí estoy contigo, ¿no?

Mis especialidades son otras, como la ansiedad que tú y millones han padecido, la depresión, el miedo al dolor de los que amas.

¿Y te gusta que ese tipo de cosas se generalicen?, ¿por qué no te ocupas de algo más positivo?

Yo estoy dispuesta, pero qué quieres, he tratado de que cundan otras ideas, pero tengo más éxito con las que son fáciles. Por ejemplo, a la gente le gusta comer lo que no debe, comprar lo que no necesita, compararse con el otro, discutir inútilmente sobre política…

Upss…

En ese tipo de asuntos casi no hay excepciones, pero el menú es extenso. Entre los jóvenes lo que se hace cada vez más popular es el enajenamiento con las redes sociales, el alcohol, las drogas. No digo que sea exclusivo de la juventud, pero a mí me encanta la velocidad con la que me propago en ese ambiente. Y en mi negocio la cantidad y la universalidad es lo que cuenta.

Eres una desvergonzada. No entiendo como andas tan libre y metiéndote en las casas, si sabes que en este momento la humanidad entera quiere destruirte, o al menos a tu manifestación más reciente.

Sí, los he visto ocupados tratando de combatirme , pero cuento con el apoyo incondicional de los incrédulos y los descuidados. Para los casos difíciles, como el tuyo, hago visitas domiciliarias buscando la oportunidad de inocularme.

Lamento informarte que llegaste tarde, ya me vacunaron. Conmigo no cuentes. Y más vale que te busques otra diversión, pues dentro de poco serás historia.

Estoy acostumbrada. Pero no me negarás que ha sido de mis mayores logros. No me preocupa, mis actividades principales se desarrollan con éxito porque no hay campañas masivas para evitarlas. De hecho, no me doy abasto. Bastante tengo con los que no cumplen las leyes, los violentos, los infieles. Para qué te cuento. Esto de ser pandemia no deja tiempo libre.

Mientras yo trataba de entender si lo que me estaba pasando era real, la mujer se levantó de la silla, me dio la mano y se fue cruzando el jardín. Yo corrí a lavarme las manos.

Este texto fue producto del taller Libro Rojo de Jung de la comunidad Trithemius. Si deseas ver la sesión en la cual se leyó el texto, aquí la compartimos contigo:

Un comentario en “Pan de miles

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