En este diálogo ficticio se muestra a un país cuyo sentido patrio es agitar banderitas, matracas y sombreros cada septiembre.

Por Magdalena Dueñas García*

No existe registro de que el personaje de esta entrevista haya accedido antes a hablar para un medio impreso, al menos no en este siglo.

Logré comunicarme con ella sin mayor problema, y la única condición que puso fue que la charla se llevara a cabo en diferentes sitios, respetando su ubicuidad.

La primera cita tuvo lugar en el Zócalo de la Ciudad de México, en consideración a que una parte de la población suele reunirse ahí el 15 de septiembre para recordarla.

Para mí es un honor poder entrevistarla, me dirijo a ella con respeto y le pregunto si puedo tutearla.

        —Por supuesto, siéntete como en tu casa.

Y así inicia nuestra conversación, rodeadas de edificios históricos, sentadas en un portal por donde cientos de personas caminan sin imaginar siquiera que la Patria habla conmigo.

       ¿Cómo es representar a tantos millones de habitantes?

       —Pues mira, es una gran responsabilidad y, como bien sabes, nada fácil, pues me han zarandeado bien y bonito desde que nací.

        —Sin embargo, en este tu mes, siempre recordamos a través de libros, programas televisivos y medios modernos de comunicación, a aquellos que lucharon para que existieras en forma independiente. ¿Crees que valió la pena?

        —Indudablemente que sí, pero no deja de preocuparme que hay muchos que no saben ni lo que soy. Fíjate bien, ¿cuántos de los que me festejan hoy con la banderita, la matraca y el sombrero, si les preguntas qué han hecho por mí, te contestan que eso le toca al gobierno? Yo aparezco poco en su diario vivir, y no es extraño que apenas me conozcan, si las únicas referencias que tienen son los libros de texto gratuitos de las etapas escolares, las estampitas que había que pegar en una cartulina para aprobar Historia, y la fiesta que hay en este y otros zócalos. Bueno, sé que actualmente ya hay medios más modernos para investigar por tu cuenta sobre cualquier tema, pero no estoy entre los más buscados.

          —¿Te sientes abandonada?

          —No, afortunadamente no, pero tampoco puedo olvidar que he sido traicionada muchas veces, despedazada, vendida. Hay territorios que fueron míos en manos extranjeras, y pocos jóvenes conocen esa parte de mi historia. Obvio, no comprenderían aquello que López Velarde dijo: “Patria, tu mutilado territorio se viste de percal y de abalorio”…

          —Tienes razón, hay hechos históricos que cambian el destino de un país y al cabo del tiempo ni siquiera se recuerdan…

          —De hecho, sin ir más lejos, hace pocos años sufrí las famosas “reformas estructurales”, equiparables a que, sin preguntarte, te sometan a una cirugía, después de la cual descubres que te cortaron las venas y comienzas a desangrarte. A pesar de la resistencia de los que veían lo que significaría para mi futuro, no pudieron evitarlo, y las consecuencias siguen causándome daño.

        —¿Cómo percibes en general a tus habitantes?  

        —­Hay de todo. Ya te iré mostrando. Los más, son trabajadores, aguantadores, solidarios, con gran sentido del humor, y como suelen decir: “ahí la llevan”. Otros, aprovechados o indiferentes. En las últimas décadas he visto demasiado sufrimiento como resultado de la ambición desmedida de algunos. Eso duele.

         ¿Qué es lo que más resientes?

         —La desigualdad.

         —¿O sea?

         —Recuerda que fui proclamada para unir a todos los que me conforman bajo un mismo nombre, con los mismos ideales de libertad, en un territorio donde todos tuvieran oportunidad de una vida digna. Y al paso del tiempo, no resultó así. La gran mayoría sigue padeciendo hambre, a pesar de mis grandes riquezas.

         —Pero dices no sentirte abandonada…

         —Claro. Afortunadamente también cuento con aquellos que de corazón se sienten parte de mí. Nunca pierdo la esperanza.

        —¿Qué opinas de los que te ven tercermundista a pesar de vivir a tus costillas?

        —Pues que no tienen madre. Para ponerlo en adecuado contexto semántico, son apátridas. Esos son los más nefastos, miran a sus hermanos como inferiores, les viene bien la ignorancia de los que no tienen acceso a la educación, a la salud…

        —Ya que tocas el tema, esto de la pandemia te ha afectado mucho, ¿verdad?

        —Tanto, que te sugiero que nos traslademos a otro sitio, como habíamos acordado, para poder contestar tu pregunta.

Entonces, la Patria me tomó de la mano y en pocos segundos nos encontrábamos frente a un gran hospital, confundidas entre la gente que intentaba traspasar una reja para solicitar informes de algún familiar o amigo internado por padecer Covid-19.

Su semblante era triste.

      —Te traigo aquí porque en los últimos meses, éste y otros cientos de lugares similares, han sido una herida por la que perdí a muchos de mis hijos. Y aunque sé que lo han padecido todas las demás Patrias, no deja de dolerme. Aunque es también en los hospitales donde constato la compasión y la hermandad de los que se encargan de cuidar y curar a los enfermos, me siento muy orgullosa de ellos.

Salimos de ahí, caminamos por las calles y observamos el ir y venir de los transeúntes, la mayoría con cubrebocas, pero en plena actividad. Mi interlocutora me condujo hasta una zona bastante lujosa, contrastando con lo que durante el día habíamos visto.

Observamos el tráfico vehicular complicado a pesar de los valet parking que no se daban abasto,  los restaurantes en servicio, y las personas conviviendo sin la distancia recomendada, sin cubrebocas, excepto los meseros. Tal parecía que todos habían sido ya vacunados, pero contra el sentido común.

Patria los miró con ternura y, sonriendo, dijo: “Quizá se tomaron demasiado en serio eso de exhalar en mis aras su aliento”.

Acto seguido volteó hacia mí:

      —Ahora te invito a continuar con nuestra charla, mientras sobrevolamos mis territorios.

Y dicho esto, me vi a bordo de una especie de dron con la gran Patria que lucía embelesada mostrándome ciudades modernas, pueblos pintorescos, cúpulas de grandes iglesias, paisajes multicolores atravesados por montañas, ríos, cultivos donde los campesinos recogían las cosechas, niños jugando en las plazas, hasta llegar a avistar el Pacífico, después el Golfo de México, las ruinas de Chichen-Itzá, Palenque, Teotihuacán…

       —¿Ves la grandeza, la hermosura, las infinitas posibilidades?

Era de noche. Me dejó en mi casa, sin palabras. Justo a tiempo para ver la ceremonia del Grito de Independencia. No había público, pero estábamos todos celebrándola.

*Alumna del Taller de Periodismo y Literatura

2 comentarios en “Entrevista a la Patria

  1. Magdalena:
    Me llena de orgullo que hayas escrito esta entrevista a la Patria. Coloquial y sin mucha de la sangre derramada , y si mencionando la tristeza del olvido de muchos.
    El tono más cotidiano nos informa pero nos da esperanza que todos podemos todavía hacer mucho por ella.
    Felicidades

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